1.1
A Platón, padre espiritual.¿ Cómo nos dirigiremos a ti, oh padre nuestro dulcísimo, nosotros que hemos quedado huérfanos por Dios de tus santas entrañas?¿ Qué palabra amable o llena de alegría pronunciaremos? Pues no diremos palabras de lamento o aflicción, pues no nos sentimos molestos por este supuesto destierro, el cual hemos aprendido de ti a no reconocer, dado que somos extranjeros en toda la tierra, salvo en lo que respecta a la caída y al alejamiento de Dios mediante la transgresión de cualquiera de sus mandamientos. Por eso nos alegramos y nos regocijamos de que, aunque somos indignos del cielo y de la tierra, hemos sido considerados dignos, junto a ti, nuestro santo padre, de sufrir estas cosas por causa de su mandamiento y de ser privados de tu compañía según la carne; pues, por lo demás, estás siempre con nosotros, padre, siendo visto y conversando con nosotros.¿ Y cómo viviríamos de otro modo si no fuéramos protegidos por el amparo de tus santas oraciones, manteniéndonos a salvo del maligno, aun estando cada uno de nosotros destinado a la soledad? Sin embargo, hemos sido preservados, salvados y todos fortalecidos. Y aunque sufrimos un poco en el camino, y algunos incluso enfermaron, no obstante, aquel que dijo:« Mirad las aves del cielo y los lirios del campo», y que es veraz en sus promesas, nos salvó como no esperábamos, depositándonos aquí e inclinando hacia la compasión los corazones de los hombres que se encuentran en nuestra miseria, y especialmente los del arzobispo. Una sola preocupación nos queda, pues, y una incesante conversación junto con una súplica ferviente e indigna: que tú te fortalezcas, padre nuestro muy deseado, y permanezcas en lo decretado de la confesión por la verdad de Dios, firme e inamovible, sin amedrentarte ni dudar en nada ante los intentos de quienes atacan, para destruir lo que ha sido edificado en ti por la gracia de Dios en favor de la piedad; pues la palabra ha resonado por todas partes y ha avergonzado a casi toda alma, ha levantado un cuerno de salvación entre los cristianos y ha quitado el oprobio de los monjes. Y sé que cada uno que piensa rectamente dirá que Cristo vive en nosotros, reina y es obedecido más que los hombres a quienes creó, no para que sea desobedecido, sino para que sea glorificado por ellos. Por tanto, todo lo sabes, conoces lo que es necesario, no necesitas de nuestra advertencia; pero nos ordenaste escribir así. Por eso, no temas, padre, al hombre ni a las opresiones de los hombres. Sabes que los santos, considerando estas cosas como un sueño y una sombra, fueron glorificados en el cielo y en la tierra. Suframos un poco, te ruego, soportemos aún un poco, y nuestra buena carrera habrá terminado. La corona está tejida, el salario eterno se prepara, y serás llamado amigo del Rey celestial y compañero de los santos y confesor ante los hombres. Sí, sí, te ruego y suplico por mis entrañas paternales, sé para nosotros un baluarte, paciencia, perseverancia; pues si tú, padre, te mantienes firme, nosotros, tus hijos inútiles, nos fortaleceremos, cobraremos valor, soportaremos noblemente todo lo que suceda por el poder de Dios y tus oraciones; pues la permisión viene de Dios, que así lo quiere en todo, y Él mismo da la fuerza. No te amedrentes, oh padre, ante las sutilezas de quienes intentan inclinarte fuera de la verdad. El discurso es sencillo; pues dice en alguna parte el santo Epifanio en su discurso sobre la Pascua:« Cualquiera que sea el hombre que aconseja algo contrario a lo que está escrito en la divina Escritura, habla de su propio corazón y relata mandamientos de hombres»; y sobre tales personas, trayendo las palabras del apóstol, dice que, aunque sea un ángel del cielo, sea anatema.¿ Y dónde pondremos aquello de:« Mis sacerdotes invalidaban mi ley y profanaban mis cosas santas»? Lo cual, siendo profético, el Teólogo, al tomarlo en su gran discurso apologético, añade diciendo:« No distinguían entre lo profano y lo santo, sino que todo era común para ellos».¿ Y cuántas otras cosas, si uno quiere escuchar? Que cesen, pues, los que distorsionan la verdad de Dios con palabras falsas y que se atiendan a sí mismos. Pues nosotros, siendo el mandamiento resplandeciente y amenazando el fuego eterno por su transgresión, no cederemos ante los temores o dolores humanos, no, por los combates en favor de la virtud, sino que, si es necesario derramar la sangre, la entregaremos con alegría, fortaleciéndonos Dios mediante tus santas oraciones. Cobra ánimo, pues, tú también, hermano señor Eutimio; has combatido un buen combate; no nos abandonemos el uno al otro, luz mía y entraña, no perdamos la vida bienaventurada por una vida cómoda breve y temporal. No te deleites con los placeres presentes y te doblegues ante los dolorosos, oh hermano, no des la espalda. Cristo se deleitó, pues, al verte golpeado por Él; no le entristezcas, mi amado, ni a los ángeles que se regocijan, ni al señor padre, ni a la venerable madre que nos engendra en el Espíritu Santo, ni a todos tus hermanos, especialmente a mí, a quien dices querer como un regalo. Somos tres hermanos según la carne, que lo seamos también según el espíritu. No deshonremos el número honorable y divino, entreguémonos a sufrir por el mandamiento de Dios, para que vivamos por la eternidad. Tenemos, pues, una gran tristeza, padre, también por los demás dulces hermanos nuestros, por cómo el Señor los ha dispuesto. Pues esto pedimos como pecadores, que Él mismo sea su cuidador, administrador, guía, como sabe, ordena y quiere, dirigiendo sus asuntos; pues en verdad derramamos lágrimas amargas por ellos y sus rostros están siempre ante nuestros ojos, pidiendo su oración para ayuda de nuestra negligencia. Sin embargo, reza, oh padre, por todos, para que adquiramos paciencia, felicidad, amparo de Dios y ayuda contra las tentaciones del diablo y, lo que agrada a Dios, sobre el verte en la carne o a nuestros hermanos; que así sea, que así sea. Pedimos y nos atrevemos a saludar de nuestra parte a nuestro dulce hermano, si está contigo, o a cualquier otro hermano nuestro, quienquiera que sea, y si pudieras hacérnoslo saber. Saluda conmigo a tu santa alma el señor diácono y padre nuestro, mi buen hermano y tu hijo, el ecónomo, y los demás hermanos honorables y muy deseados. Reza por nosotros, padre, fervientemente e incesantemente, como ordenas; pues no tenemos qué más decir.
1.2
Escribo por segunda vez al señor y padre mío; no sé si recibiste las cartas. Y en aquellas, pues, si algo requería el tiempo y estaba en nuestras fuerzas, aunque indignamente, hablamos, y ahora también, cuanto corresponde y Dios da para beneficio de mi humilde alma o incluso para consuelo, me atrevo a decir, de tu magnanimidad, oh padre, lo propondremos. Y esto, como muchas veces, también ahora lo digo y me disculpo, que si hay alguna palabra en mí y alguna aptitud de alguna manera pequeña para escribir, no ha sido dada por mí, tu miserable siervo, sino por causa tuya, que tienes la gracia abundante manando en el corazón y por esto, con gusto y alegría, enseñas y haces sabios no solo a nosotros, a quienes algunos, pensando que éramos sobrinos, se equivocaron, sino también a todos cuantos has traído del espíritu como hijos y siervos tuyos( y que digo la verdad lo demostraron los hechos en favor tuyo, el verdadero pastor, que puso su alma por sus propias ovejas), para que no nos desviáramos fuera de la verdad, eligiendo quizás con entusiasmo incluso derramar la propia sangre. Esta es, pues, la supervisión de un verdadero pastor, que refuta a los que tienen nombres falsos y se muestra verdaderamente digno ante Dios, el Padre y Archipastor. Por tanto, te presento de manera escasa lo que me ha sido concedido por ti; y tú, cosechando como un buen agricultor las semillas que te fueron sembradas con mucho cuidado y abundancia, cosechas frutos, no sé cómo decirlo, de tallo delgado.¿ Qué diré, pues, que sea apropiado y aceptable para tu santa alma, padre mío dulcísimo?¿ Quién me separó de tu rostro siempre deseado, de la conversación de dulce hablar, de la guía que produce la salvación? Tú eres mi luz, la lámpara siempre brillante de los pensamientos oscuros en el alma, la vara que sostiene la debilidad de mi corazón, el cambio de la desánimo, el ungüento del entusiasmo, evangelio, alegría, fiesta, gloria. Sin ti, incluso el sol me parece sombrío. Yo no quería ver el aire, sino contemplar tu semblante. Nada me era dulce de lo que hay en la tierra sin tu compañía. Pues,¿ qué hay más deseable que un padre verdadero, y esto tomado en Dios? Lo sabe un hijo que ama a su padre y es verdaderamente genuino.¿ Qué necesidad hay de muchas palabras? Diré lo que experimentaba: que muchas veces, sin que yo me apresurara a ir a tu santa celda, de manera imperceptible, como si alguien me atrajera, me presentaba ante tu rostro, como cuando muchas veces preguntabas:«¿ Por qué has venido?», y yo me quedaba sin saber qué responder, tan colgada mi salvación de ti.¿ Y quién no corre hacia la luz? Pero agradezco a Dios, por quien fui arrancado de las manos de quienes pisotearon su ley y comenzaron por cosas semejantes. Que el Señor mi Dios no les tome en cuenta el pecado, sino que los atraiga al conocimiento del atrevimiento, para que nos devuelvan al padre y ellos mismos sean hallados sin culpa respecto a esto. Te encerraron, como supimos, en una pequeña habitación, pero te mostraron habitante del cielo. Te vigilaron, pero no se dieron cuenta; pues eras un tesoro de la confesión de Dios. Y de esto podrían saber, si miraran, que te reconocieron como honorable entre los hombres, salvador para el mundo y digno de ser visto por muchos. Recibiste las deshonras y los insultos con Cristo; fuiste perseguido como bienaventurado; dispersaron tus ovejas, porque te golpearon a ti, el pastor, como a Cristo. Aunque es atrevido decirlo, sin embargo, es su voz:« Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán», y las demás cosas que traen la misma pasión a quienes le siguen; pues si sufrimos con Él, como dice el gran Pablo, para que también seamos glorificados con Él. Y así son estas cosas. Pero a mí, el pródigo e indigno, por tus santas oraciones, padre justo, el Señor misericordioso me concedió consuelo y el estar contigo en espíritu; pues estoy siempre como viéndote y como hablando contigo y como recibiendo la oración y como siendo protegido y como dando y recibiendo palabras para fundamento de la confesión que confesaste. Y me parece escuchar estas palabras al oír tu voz:« Humilde Teodoro, sufrimos poco en verdad, puesto que Dios trae una buena esperanza». Estas son mi consuelo, este es mi alivio. No temas, padre, por mí, tu siervo y totalmente desechado; pues soy una inmundicia del cielo y de la tierra y más frío que cualquier hombre. Sin embargo, me atrevo a decir como indigno, lleno de esperanza, mirando hacia arriba, fortalecido por tu intercesión, no desaprobando lo que sufrí, sino reprendiéndome a mí mismo por no haberlo hecho valientemente y según la razón, y por ser pocas y no dignas de nada al mirar hacia los sufrimientos vivificantes de los santos. Pues me ocurrió la lectura de muchos martirios registrados en doce libros, de modo que mi corazón fue golpeado y ni siquiera me atrevo a decir que sufrí algo por Cristo.¿ Y qué hay más dulce, padre, recuerdo como siervo, que sufrir por Él? Mira, padre, hacia arriba, ve al Señor, contempla las visiones angélicas, fija la mirada en los coros de los santos; mira sobre el trono alto y elevado al juez del mundo, quien te proclamará siervo fiel y guardián de sus mandamientos y, lo que es mayor, confesor. Entonces,¿ adónde te enviará? No al fuego eterno, que recibe a los desobedientes de su ley, sino al lugar que da vida y al descanso inmortal y a la alegría infinita de la sabiduría de Dios; pues entra, dice, en el gozo de tu señor. Nuestros ojos miran todos hacia ti, todos nos llenamos de magnanimidad, estando tú firme. Que sea para ti aún más la ayuda de Dios fortaleciéndote, dándote poder, animándote, dándote valor. El que teme a Dios, no temas lo que te hizo el hombre o lo que pueda hacer. Confías en el Señor, eres el monte Sión, no serás sacudido por la eternidad; pues tienes como habitante al artífice y creador de la Jerusalén de arriba. Huye de las voces venenosas y engañosas de quienes se arrastran hacia ti como serpientes y quieren apartarte del árbol vivificante de la verdad, y escucha una vez fortalecido en la verdad y estrechado por muchos testimonios de la santa Escritura, a veces también de hombres piadosos, hacia una inmovilidad total, para que alcances también el elogio de aquella voz:« El que hace estas cosas no será sacudido por la eternidad». Están bien todos los hermanos, el señor diácono, mi padre, mi dulce hermano y ahora más dignamente muy deseado, los demás amigos y honorables míos y tus hijos, por quienes todos, junto conmigo, padre, reza. Todos ellos corren bien, lo único deseable para ellos es tu salud en el Señor y que sea soportable cualquier cosa que sufran. Ciertamente nos entristecemos y nos angustiamos y nos afligimos y somos negligentes y tenemos molestias de pensamientos malos( pues no es posible pasar sin aflicciones aquí), pero por la esperanza y tu oración nos fortalecemos. Y por mí, padre, reza, porque estoy memorizando al santo Isaías, y dime si quieres que lea además de escribir.
1.3
Se me derrama la lágrima antes que la palabra y las entrañas se agitan y la mano tiembla al escribir y soy arrastrado por todas partes y no soy capaz de soportar lo doloroso. Oh,¿ cómo soportaré, padre, padre, tus sufrimientos que imitan a Cristo? Oh,¿ cómo soportaré tu alta y santa humildad?¿ Cómo te responderé para escribirte como corresponde?¿ Y hacia dónde me dirijo y desde dónde comienzo a iniciar las cartas?¿ Hacia mí, pues, oh padre, escribes tales cosas?¿ Hacia mí, el gusano y el lodo y el pródigo, el padre lanza palabras que corresponden a un hijo?¿ Adoptas una postura suplicante tú, que deberías ser suplicado?¿ Y yo, pues, el desdichado, qué diré?¿ Y cómo me humillaré ante mi justo padre? Sin embargo, recibí, oh padre, tu santa carta en manos indignas como tablas escritas por Dios. Escuché tu voz escrita, como si alguien escuchara la voz de un ángel o de un apóstol, y quebrantó mi corazón y brotó la lágrima y lloré y me lamenté, no un lamento jeremítico sobre sufrimientos ocurridos por odio a Dios, sino uno más dulce y amante de la patria y verdaderamente agradecido a Dios; pues lo que enviaste, padre justo, es verdaderamente digno de registro de alabanza, conocedor de tu propósito total hacia Dios. Por tanto, oh padre, fortaleciste nuestros pensamientos, diste nervio a nuestros corazones; tu valentía está por encima de la esperanza, tu franqueza por encima de la expectativa. Te nos apareciste como otro distinto al que conocíamos, totalmente transformado en Dios; gloria al que te fortaleció. No te abatió el miedo al reino, no te debilitó la adulación mágica; no elegiste disfrutar de un placer temporal, queriendo arriesgarte por la verdad de Dios. El buen pastor, el que puso su alma por las ovejas, el que ahora también es prisionero por la guardia como apóstol de Cristo. Oh, aquella habitación en la que eres llevado y conducido como un vaso honorable y útil para el Señor Dios. Ojalá hubiera abrazado aquel suelo donde caminan los pies de mi señor y padre; ojalá hubiera adorado las llaves y cerrojos contra ti, como guardando un tesoro de piedad. Más bien, hubiera querido besar aquella boca honorable, que confesó la palabra de la verdad, las santas manos que se levantan hacia santas oraciones y aceptables.¿ Adónde voló mi dulce rostro, y adónde se silenció la voz salvadora? He aquí que yo, huérfano, el miserable y totalmente solo, sin tener a mi padre, sin tener a mi luminaria, al médico y alimentador de mi humilde alma, sin protección, sin defensa ante los que me combaten invisiblemente. Me convertí como un cuervo en el desierto, como un gorrión sobre el tejado, mirando cada día, mirando aquí y allá y escudriñando y en ninguna parte el rostro deseado; y todavía no podría dramatizar mi sufrimiento como merece. Sin embargo, agradezco y sobreagradezco, porque por la ley de Dios he sido considerado digno de estas cosas, porque he sido contado como hijo de tal padre. Quizás creo reinar por ti hoy, padre santo, si tu oración me preservara a salvo; pues temo mi pecado y mi prodigalidad. Y sabrás que me fortalezco y me establezco por tus santas oraciones, aunque soy muy fácil de vencer; y no solo yo, sino que todos somos uno, pensando lo mismo contigo, de un mismo ánimo, eligiendo sufrir hasta la muerte, y que no estés temeroso en absoluto por nuestra causa. Bravo, oh padre, bravo, bravo, oh excelente timonel, celador de la piedad, imitador de los santos; has combatido verdaderamente con magnificencia, has luchado juvenilmente, sé que tu espíritu estará con los mártires. Así son estas cosas, aunque todavía no como mi deseo y tu dignidad requieren. Pero puesto que ordenas que te relate palabra por palabra desde el día en que sufrimos aquella dolorosa separación, tanto el viaje como lo que nos sucedió en él, no soy capaz, pero haré lo que se me ordenó sin vacilar. Por tanto, en el mismo día en que partías tú, oh padre, hacia el camino de la muerte por tu elección, y nosotros emprendimos el viaje del destierro, montados en los animales que pudimos. Y como inexpertos al principio de tal drama, estábamos de alguna manera en desánimo; pues nos presentamos también en algunas aldeas, siendo exhibidos ante toda vista y edad de hombres; fuimos rodeados por ruidos y gritos en ambos oídos tanto al partir como al detenernos, además de que los que nos llevaban se procuraban lo necesario. A medida que avanzábamos, acostumbrándonos, soportábamos más fácilmente las dificultades. Lo que nos afligía más era la debilidad del padre, el señor diácono. Y así, cargados, abrumados, terminamos el camino. Estas son las paradas: desde Kathara a Libiana, luego a Leukas, luego así a Phyraion. Donde también nos ocurrió algo doloroso y digno de historia; pues habiendo aparecido de repente desde lejos nueve de los principales hermanos, nos rodearon como ovejas dispersas, llorando y quebrantando nuestro corazón. Y el que nos llevaba ni siquiera nos dejaba hablar, pero mirando miserablemente y siendo mirados y diciéndonos palabras unos a otros, finalmente nos separamos entre lágrimas. Luego, bajando a Paula, encontramos a tu muy deseada hermana junto con el señor Sabas, reuniéndonos secretamente y permaneciendo toda la noche en el mismo lugar; habiendo hablado lo necesario y habiéndonos abrazado unos a otros como si fuéramos a morir, nos separamos gimiendo y lamentándonos. Era ver allí entrañas desgarradas y agitadas, siendo vencida la naturaleza de manera divina. Desde allí nos detuvimos en Lupadio, siendo compadecidos amablemente por el que nos hospedaba, y usando también un baño debido a los moretones( pues se han vuelto algunos incurables por el viaje), y fuimos llevados a Tilis; allí, pues, habiéndonos alcanzado el abad Zacarías junto con Pionio, llorando con ferviente propósito y eligiendo ir con nosotros, aunque no se les permitió. Desde allí a Alkeriza, desde allí a Anagrammenoi, luego a Perperina y desde allí a Parion, comulgando de los obispos, aunque también recordando con humildad, jurando. Luego a Orkos, desde allí a Lampsakos; en la cual, encontrando a los heracleotas, descansamos tres días, no pudiendo navegar. Luego, partiendo, desembarcamos en Abydos, siendo piadosamente compadecidos por el gobernante de allí; y permaneciendo hasta el sábado ocho días, navegamos a Eleountas, y permaneciendo un tiempo semanal debido a la falta de navegación por haber soplado un viento favorable, fuimos enviados a Lemnos en doce horas. Detiene mi discurso aquí la piedad del obispo de allí; pues como nadie más, nos recibió, nos consoló y nos proveyó. Desde allí, pues, navegando con miedo debido a la nación vecina, cruzamos con viento del norte y rugiente en doce horas las cien millas que tiene el mar, anclando en Kanastron en los límites de Tesalónica, luego a Pallene, las costas del golfo, luego al Embolos. Desde allí, montados de nuevo en animales, el sábado, día de la fiesta de la Anunciación, a la hora tercera, fuimos introducidos en la ciudad. Y qué entrada; pues no es necesario pasar esto por alto. Habiendo sido enviado, pues, por el prefecto, uno de los destacados junto con soldados, esperaba en la puerta oriental, y al llegar, nos recibieron de pie en silencio; y después de entrar, cerrando las puertas, nos llevaron por el mercado, desfilando ante la vista de los que se habían reunido para esto, y llevándonos, nos introdujeron ante el gobernante. Y bravo por el hombre; pues mostrando un rostro amable, después de caer, nos habló cosas buenas y nos envió al arzobispo, habiendo orado primero en Santa Sofía. Y en el oratorio que él tiene, habiendo hecho oración, el santísimo nos recibió y nos abrazó, hablándonos lo necesario y al instante nos retuvo y nos hizo descansar tanto con baño como con alimentos. El lunes por la mañana nos llevaron, y mediante petición, habiendo hecho orar en San Demetrio, separaron a todos unos de otros, habiendo hecho oración y abrazándose unos a otros. A nosotros dos, hermanos, llevándonos al lugar en el que estoy ahora, nos separaron, habiendo besado unos a otros entre lágrimas, de modo que incluso algunos de los que miraban se perturbaron por la compasión. Así están nuestras cosas, oh padre; y ahora estoy yo, el humilde, aquí, arrastrando una vida dolorosa y llena de lamentos. Las bendiciones de tu santa mano las recibimos, como teniendo el poder de la Santísima Trinidad; y las tenemos como amuleto y poniéndolas en nuestros ojos, como besando tu mano derecha. De nuevo lágrimas, de nuevo se revuelven mis entrañas; pues quiero terminar el discurso. Oh padre,¿ por qué me abandonaste? Pero no me abandonaste.¿ Y cómo te alejaste de mí? Pero estás en mí.¿ Adónde te voy a ver todavía?¿ Cómo te veré?¿ Adónde escucharé tu voz dulcísima y salvadora?¿ Cuándo seré tu compañero de mesa?¿ Adónde disfrutaré de tu santa compañía o alguna vez leeré en tus oídos?¿ O cantaré ante tu rostro?¿ O seré corregido?¿ O seré reprendido?¿ O seré recordado? Haciendo hábito de lo que no es amistoso contigo, banquete, comida, bebida, conversación, estar de pie, asiento, descanso.¿ Qué me ha sucedido? Llamo a los hombres como testigos, llamo también a las potencias celestiales como defensores míos, que la ley de Dios te separó de mí, un mandamiento eterno. Que escuche lo que está bajo el cielo. Por esto me alegro y lanzo una voz de alabanza a Dios, poseo todo en sobreabundancia, me regocijo, no seré huérfano más, no me lamentaré ni diré nada innoble. Recibe también lo anterior, padre, como santo; pues son símbolos de tu deseo, aunque todavía lloraré, pero son aceptables. Tú, pues, oh padre tres veces bienaventurado, alégrate y regocíjate. Los premios te han sido tejidos, el lugar del descanso está preparado. Tu celo es según tus padres, la guardia proclama la verdad. El justo fue atado como inútil, los que están en la piedad son agradecidos, los que tienen el mismo celo son más fervientes, habiendo visto un preludio bellísimo. Los que persiguen con palabras tejen desde fuera y calumnian, y especialmente los que son de los monjes, pero desde dentro son golpeados en sus pensamientos y tienen como amargo acusador a su propia conciencia. Puesto que también admiran; pues saben admirar, como el gran Gregorio, la virtud del hombre incluso los enemigos, cuando, cesada la ira, la acción es probada por sí misma. Los ángeles te cantan, los hombres te llaman bienaventurado, Cristo te recibió, te abrió las puertas del reino de los cielos por los siglos; amén.
1.4
En el día de ayer, puesto que hemos estado en participación de tu gloriosa presencia, después de otras conversaciones, por las cuales también el modo de tu llegada aquí, habíamos llegado a palabras sobre cuestiones de las Escrituras y, atrapados en mucha duda, nos separamos unos de otros de manera poco convincente. Y nosotros, pues, oh señor, siendo ignorantes, no responderemos totalmente según tu sabiduría presente; para que no nos acarreemos juicio a nosotros mismos por el silencio de lo que debe ser hablado( pues con reprensión, dice, reprenderás a tu prójimo y no tomarás pecado por él), además de que, al refutar incluso al sabio, seremos más amados, pensamos necesario dirigirte lo que corresponde. Mi señor, para decirlo brevemente, resumiendo las muchas preguntas y objeciones, dijiste que no es necesario que el superior o pastor sea advertido por alguien sobre los otros mandamientos del Señor, actuando por ignorancia o voluntariamente algo de lo prohibido, diciendo nosotros que sí, ciertamente, pero por los que sobresalen en conocimiento y prudencia más que los otros.¿ Y ante esto, de dónde no te presentaremos lo absurdo del discurso? Primero, desde el Antiguo Testamento. Pues,¿ qué te parece lo de Daniel?¿ Acaso los ancianos, aunque no era de la edad legal para hablar y tener franqueza, transgrediendo la ley ante la condena de la divina Susana, fue alabado no solo advirtiendo, sino también condenando, sí o no? Luego,¿ no aceptas a Joab en el censo del pueblo, siendo el drama para provocación de Dios, suplicando, implorando, intentando persuadir al divino David de no hacer esto? Pues conoces la historia. A mí me avergüenza también Jetró advirtiendo al gran Moisés y recomendándole no dirigir así al pueblo y como enseñando los elementos y reformándolo hacia su propio consejo.¿ Y quién era? Extranjero, aunque suegro.¿ Y a quién hablaba? Al que hacía todo según revelación de Dios. Y estas cosas por poco, para no ser prolijos. Debemos pasar al Nuevo. Respetemos, si quieres, oh panegírico, también lo que dictó el pregonero resonante del mundo, que si al último le es revelado, el primero calle; no, como sostiene tu amistad, esto es solo sobre la fe.¿ Y qué casi se me escapa, el gran pregonero de la verdad, Juan, refuta a Herodes? Pregunto, respóndeme. Pero sé que la risa hacia mí es cercana porque se iguala a sí mismo en la medida del profeta. Pero no es así, oh excelente; estas cosas, dice, fueron escritas para nuestra amonestación. Y de nuevo Pablo:« Sed imitadores míos, como yo también de Cristo».¿ Y cómo es posible ser ortodoxo el que obra torcidamente, insistiendo el divino Santiago, que por las obras se muestra la fe y que los que fallan en una cosa no tienen ni la otra? Siendo tantas y tan grandes las pruebas, no creo que tu nobleza contradiga; si es así, que responda a nuestra insensatez con análisis en el discurso de lo propuesto, y con contraargumentos más claros de lo que se te preparará. Ojalá estuvieras presente; nosotros ciertamente callaremos y pediremos perdón por la insistencia, aunque sea con celo. Pues reprender solo es facilísimo y de cualquiera que quiera, como lees, pero introducir la propia opinión mediante el testimonio de la Escritura inspirada por Dios es de un hombre verdaderamente sano y que tiene mente. Y para no llevar la carta a la inmensidad, aquí terminaremos el discurso, habiendo presentado también citas del Gran Basilio para una demostración más completa. Que seas guardado para nosotros con toda tu casa, nuestro amado señor, estando bien en ambos aspectos; pues nosotros, el bien de tu amor, escribiendo y no escribiendo, deseamos tenerlo. De los ascéticos del Santo Basilio del discurso 20[ de los extensos de los éticos del discurso]. Que es necesario que el superior sea advertido por los que sobresalen en la hermandad, si alguna vez se equivoca. Del 34. El que no acepta lo aprobado por el superior debe contradecirle en público o en privado, si tiene alguna palabra fuerte según el propósito de las Escrituras, o callando hacer lo ordenado. Si él mismo se avergüenza, que use a otros mediadores para esto. De los éticos del mismo discurso 72. Que es necesario que los oyentes que han sido educados en las Escrituras prueben lo dicho por los maestros. Que es necesario que el superior del discurso, con mucha circunspección y prueba, según el propósito de la complacencia hacia Dios, haga y diga cada cosa, como debiendo ser probado también por los mismos que le han sido confiados.