1
¿ Acaso los declamadores no se ven perturbados por otro género de furias, ellos que gritan:' He recibido estas heridas por la libertad pública; he sacrificado este ojo por vosotros: dadme un guía que me conduzca ante mis hijos, pues mis corvas cortadas no sostienen mis miembros'? Estas mismas cosas serían tolerables si abrieran el camino a quienes se dirigen hacia la elocuencia. Pero ahora, tanto por la hinchazón de los temas como por el vanísimo estrépito de las sentencias, solo logran que, cuando llegan al foro, crean haber sido trasladados a otro mundo. Y por eso creo que los adolescentes se vuelven estupidísimos en las escuelas, porque no oyen ni ven nada de lo que tenemos en uso, sino piratas de pie en la orilla con cadenas, tiranos escribiendo edictos para ordenar a sus hijos que corten las cabezas de sus padres, respuestas dadas ante una peste para que se inmolen tres o más vírgenes, y bolitas de palabras melosas, con todos los dichos y hechos rociados como con amapola y sésamo.
2
Quienes se nutren entre estas cosas no pueden ser más sabios que quienes habitan en la cocina pueden oler bien. Con vuestro permiso, debo decir que vosotros fuisteis los primeros en perder la elocuencia. Pues, al provocar ciertas burlas con sonidos leves y vacíos, habéis hecho que el cuerpo de la oratoria se debilitara y cayera. Los jóvenes aún no estaban confinados a las declamaciones cuando Sófocles o Eurípides encontraron las palabras con las que debían hablar. El maestro de sombras aún no había destruido los talentos cuando Píndaro y los nueve líricos temieron cantar con versos homéricos. Y, sin citar siquiera a los poetas como testimonio, ciertamente no veo que ni Platón ni Demóstenes se acercaran a este género de ejercicio. La oratoria grandiosa y, por así decirlo, pudorosa, no es manchada ni hinchada, sino que surge con una belleza natural. Recientemente, esa locuacidad ventosa y enorme emigró de Asia a Atenas y, como con un astro pestilente, sopló sobre los ánimos de los jóvenes que se elevaban hacia grandes cosas, y una vez corrompida la regla, la elocuencia se detuvo y enmudeció. En suma,¿ quién después de Tucídides, quién después de Hipérides, avanzó hacia la fama? Y ni siquiera un poema de color sano brilló, sino que todas las cosas, como si hubieran sido alimentadas con el mismo alimento, no pudieron encanecer hasta la vejez. La pintura tampoco tuvo otro final, después de que la audacia de los egipcios encontrara el atajo de un arte tan grande.
3
Agamenón no permitió que yo declamara en el pórtico más tiempo del que él mismo había sudado en la escuela, sino que dijo:' Joven, puesto que tienes un discurso que no es del gusto común y, lo que es rarísimo, amas el buen juicio, no te defraudaré con un arte secreto. Sin duda, los maestros pecan en estos ejercicios, pues tienen la necesidad de enfurecerse con los que están locos. Pues, a menos que digan lo que los adolescentes aprueban, como dice Cicerón,' se quedarán solos en las escuelas'. Así como los aduladores ficticios, cuando buscan las cenas de los ricos, no meditan nada antes que aquello que creen que será más grato a los oyentes: pues no obtendrán de otro modo lo que buscan, a menos que hayan tendido ciertas trampas a sus oídos: así el maestro de elocuencia, a menos que haya puesto en los anzuelos el cebo que sepa que los pececillos querrán, se quedará en el escollo sin esperanza de presa.
4
¿ Qué es, pues? Los padres son dignos de reproche, pues no quieren que sus hijos progresen bajo una ley severa. Pues, primero, así como todo, también sacrifican sus esperanzas a la ambición. Luego, cuando se apresuran hacia sus deseos, empujan al foro estudios aún crudos e imponen la elocuencia, de la cual confiesan que no hay nada mayor, a niños que aún están naciendo. Pero si permitieran que se hicieran grados de esfuerzo, que los jóvenes estudiosos fueran regados con una lectura severa, que compusieran sus ánimos con preceptos de sabiduría, que excavaran las palabras con un estilo atroz, que escucharan durante mucho tiempo lo que quisieran imitar, que se persuadieran a sí mismos de que no hay nada magnífico que agrade a los niños: ya esa oratoria grandiosa tendría el peso de su propia majestad. Ahora los niños juegan en las escuelas, los jóvenes son objeto de risa en el foro, y lo que es más vergonzoso que ambas cosas, lo que cada uno aprendió mal, no quiere confesarlo en la vejez. Pero para que no pienses que he desaprobado el improvisado de la humildad luciliana, lo que siento, yo mismo lo plasmaré en un poema:
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' Si alguien aspira al arte severo y aplica su mente a las grandes cosas, primero debe pulir sus costumbres con la ley exacta de la frugalidad. Y no debe preocuparse por el cliente que busca cenas de poderosos con rostro altivo y cruel, ni, adicto a los perdidos, debe ahogar el calor de su mente en el vino, ni sentarse como aplaudidor en la escena comprado para las muecas del histrión. Pero ya sea que rían las fortalezas de la armada Tritónide, o la tierra habitada por el colono lacedemonio, o la casa de las Sirenas, dedica los primeros años a los versos y bebe la fuente meonia con pecho feliz. Pronto, lleno también del grupo socrático, suelta las riendas libre y sacude las armas del inmenso Demóstenes. Que de aquí fluya la mano romana y, liberada del sonido griego, cambie su sabor al ser vertida. A veces, retirada del foro, que la página dé curso y suene furtiva, distinguida por un movimiento veloz; luego, que cante los banquetes y las guerras recordadas con tono feroz y que amenace con las grandes palabras del indómito Cicerón. Ciñe tu ánimo con estos bienes: así, lleno de un río caudaloso, verterás palabras desde tu pecho pierio.'
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Mientras escuchaba esto con más diligencia, no noté la huida de Ascilto. Y mientras camino por los jardines en este estrépito de palabras, una enorme turba de escolásticos llega al pórtico, como parecía, de una declamación extemporánea de no sé quién, que había tomado el relevo de la suasoria de Agamenón. Mientras, pues, los jóvenes se ríen de las sentencias y difaman el orden de toda la dicción, me retiré oportunamente y comencé a perseguir a Ascilto a toda prisa. Pero ni siquiera mantenía el camino con diligencia, porque ni siquiera sabía cuál era la posada. Por tanto, a dondequiera que había ido, al mismo lugar regresaba, hasta que, fatigado por la carrera y ya empapado de sudor, me acerco a una anciana,
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que vendía verduras silvestres, y le digo:' Ruego, madre,¿ acaso sabes dónde vivo?'. Ella se deleitó con esa urbanidad tan estúpida y dijo:'¿ Cómo no voy a saberlo?', y se levantó y comenzó a precederme. Yo la creía divina y, de repente, cuando llegamos a un lugar más secreto, la anciana urbana se quitó la manta y dijo:' Aquí es donde debes vivir'. Cuando yo negaba reconocer la casa, veo a ciertos hombres paseando furtivamente entre inscripciones y prostitutas desnudas. Tarde, o mejor dicho, ya demasiado tarde, comprendí que había sido conducido a un burdel. Por tanto, tras maldecir las trampas de la ancianita, me cubrí la cabeza y comencé a huir por el medio del lupanar hacia la otra parte, cuando he aquí que en la misma entrada se me encuentra Ascilto, tan cansado y moribundo como yo; habrías pensado que había sido conducido por la misma anciana. Por tanto, cuando lo saludé riendo, le pregunté qué hacía en un lugar tan deforme.
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Él se secó el sudor con las manos y dijo:' Si supieras lo que me ha pasado'.'¿ Qué hay de nuevo?', dije yo. Pero él, desfalleciendo, dijo:' Mientras erraba por toda la ciudad y no encontraba el lugar donde había dejado la posada, se me acercó un padre de familia y se ofreció humanísimamente como guía del camino. Luego, tras salir por vericuetos oscurísimos, me condujo a este lugar y, sacando su dinero, comenzó a pedirme sexo. Ya la prostituta había exigido un as por la celda, ya él me había echado la mano, y si no hubiera sido más fuerte, habría pagado las consecuencias'. Así, por todas partes, todos me parecían haber bebido ajedrea, y con fuerzas unidas despreciamos al molesto.
9
Como a través de la niebla vi a Gitón de pie en el borde del camino y me lancé al mismo lugar. Cuando preguntaba si el hermano nos había preparado algo para el almuerzo, el niño se sentó sobre el lecho y se secó las lágrimas que fluían con el pulgar. Perturbado yo por el aspecto del hermano, pregunté qué había sucedido. Y él, tarde y de mala gana, pero después de que mezclé incluso la ira con mis ruegos, dijo:' Ese hermano tuyo o compañero corrió hace poco al alojamiento y comenzó a querer extorsionarme la pudicia. Cuando yo gritaba, desenvainó la espada y dijo:' Si eres Lucrecia, has encontrado a Tarquino''. Al oír esto, lancé mis manos a los ojos de Ascilto y dije:'¿ Qué dices, prostituta de paciencia femenina, cuyo aliento ni siquiera es puro?'. Ascilto fingió estremecerse, pronto, levantando las manos con más fuerza, gritó con un esfuerzo mucho mayor:'¿ No te callas, gladiador obsceno, a quien la arena despidió por ruina?¿ No te callas, asesino nocturno, que ni siquiera entonces, cuando hacías el valiente, luchaste con una mujer pura, de quien fui hermano por la misma razón en el jardín por la que ahora el niño lo es en la posada?'
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' Te retiraste', dije,' de la conversación del preceptor'.'¿ Qué debía hacer yo, hombre estupidísimo, cuando me moría de hambre?¿ Acaso escuchar sentencias, es decir, vidrios rotos e interpretaciones de sueños? Por Hércules, eres mucho más vergonzoso que yo, que para cenar fuera, alabaste al poeta'. Por tanto, de la pelea más vergonzosa nos disolvimos en risas y nos retiramos más pacíficamente a lo restante. De nuevo, llamado a la memoria por la injuria, dije:' Ascilto, entiendo que no podemos ponernos de acuerdo. Por tanto, repartamos nuestras pequeñas pertenencias y tratemos de expulsar nuestra pobreza con ganancias privadas. Tanto tú sabes letras como yo. Para no obstaculizar tus ganancias, prometeré otra cosa; de lo contrario, mil causas nos chocarán diariamente y nos difamarán con rumores por toda la ciudad'. Ascilto no se negó y dijo:' Hoy, porque prometimos ir a cenar como escolásticos, no perdamos la noche. Mañana, sin embargo, porque esto me place, me buscaré tanto una habitación como algún hermano'.' Es lento', dije,' diferir lo que place'. Esta división tan precipitada la causaba la libido; pues ya desde hacía mucho tiempo deseaba quitarme de encima al molesto guardián, para recuperar la vieja relación con mi Gitón.
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Después de que recorrí con la mirada toda la ciudad, regresé a la pequeña celda y, tras haber obtenido finalmente los besos de buena fe, ato al niño con los abrazos más estrechos y disfruto de mis deseos, felices hasta la envidia. Y ni siquiera todas las cosas se habían hecho aún, cuando Ascilto se acercó furtivamente a las puertas y, tras romper fuertemente los cerrojos, me encontró jugando con el hermano. Por tanto, llenó la celda de risas y aplausos, me desenrolló de la manta con la que estaba cubierto y dijo:'¿ Qué hacías, hermano santísimo, que haces el contubernio dividido?'. Y no se contuvo solo en palabras, sino que desató la correa de su bolsa y comenzó a golpearme no superficialmente, añadiendo también dichos petulantes:' No vuelvas a dividir así con el hermano'.
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Llegábamos al foro cuando el día ya declinaba, en el cual notamos la frecuencia de cosas vendibles, no ciertamente preciosas, pero sí aquellas cuya fe, al caminar mal, la oscuridad del tiempo cubriría muy fácilmente. Cuando, por tanto, nosotros mismos habíamos traído el manto arrebatado por el latrocinio, aprovechamos la ocasión más oportuna y comenzamos a sacudir el borde extremo en un rincón, por si algún comprador pudiera ser atraído por el esplendor de la vestidura. Y no tardó mucho un rústico, familiar a mis ojos, que se acercó más de cerca con una mujercita acompañante y comenzó a considerar el manto con más diligencia. A su vez, Ascilto lanzó una mirada sobre los hombros del rústico comprador y de repente, exánime, calló. Y ni siquiera yo mismo contemplé al hombre sin algún movimiento, pues me parecía ser aquel que había encontrado la túnica en la soledad. Claramente era él mismo. Pero como Ascilto temía la fe de sus ojos, para no hacer nada temerariamente, primero se acercó más como comprador y tiró del borde de los hombros y lo examinó con más diligencia.¡ Oh, juego maravilloso de la fortuna!
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Pues el rústico aún no había llevado sus manos curiosas a las costuras, y lo vendía incluso con fastidio como si fuera el despojo de un mendigo. Ascilto, después de que vio que estaba intacto y que la persona del vendedor era despreciada, me llevó un poco lejos de la turba y dijo:'¿ Sabes, hermano, que ha vuelto a nosotros el tesoro del que me quejaba? Es esa misma túnica, como parece, llena de monedas intactas.¿ Qué hacemos, pues, o con qué derecho reivindicamos nuestra cosa?'. Yo, alegrado no solo porque veía la presa, sino también porque la fortuna me había liberado de la sospecha más vergonzosa, negué que debiera actuarse con rodeos, sino que debía lucharse claramente por derecho civil, para que si no quisieran devolver la cosa ajena al dueño, vinieran al interdicto.
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Por el contrario, Ascilto temía las leyes y decía:'¿ Quién nos conoce en este lugar, o quién tendrá fe en los que hablan? A mí me place claramente comprar, aunque sea nuestro lo que reconocemos, y recuperar el tesoro con poco dinero antes que descender a un litigio ambiguo:'¿ Qué pueden hacer las leyes, donde solo el dinero reina, o donde la pobreza no puede vencer nada? Incluso los que pasan los tiempos con la bolsa cínica, no pocas veces suelen vender la verdad por monedas. Por tanto, el juicio no es nada sino una mercancía pública, y el caballero que se sienta en la causa, aprueba lo que ha sido comprado'. Pero aparte de un par de monedas, con las que habíamos destinado comprar garbanzos y altramuces, no había nada a mano. Por tanto, para que la presa no se fuera mientras tanto, plugo vender el manto incluso por menos y hacer una pérdida menor por el precio de una mayor ganancia. Tan pronto como desplegamos la mercancía, la mujer con la cabeza cubierta, que había estado con el rústico, tras inspeccionar con más diligencia las señales, lanzó ambas manos al borde y gritó con gran vociferación:'¡ Ladrones!'. Por el contrario, nosotros, perturbados, para no parecer que no hacíamos nada, comenzamos nosotros mismos a sostener la túnica rasgada y sucia y a proclamar con la misma envidia que eran nuestros los despojos que ellos poseían. Pero de ninguna manera la causa era igual, pues incluso los pregoneros que habían confluido ante el clamor, se reían, por supuesto, de nuestra envidia según la costumbre, porque por esa parte reivindicaban una vestidura preciosísima, y por esta, un harapo ni siquiera digno de buenos remiendos.
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De aquí Ascilto disipó bien la risa, quien, hecho el silencio, dijo:' Vemos que la cosa de cada uno es lo más querido; que nos devuelvan nuestra túnica y reciban su manto'. Aunque al rústico y a la mujer les placía el intercambio, los abogados nocturnos de la pena, que querían hacer ganancia del manto, exigían que ambas cosas fueran depositadas ante ellos y que al día siguiente el juez examinara la querella. Pues no solo se buscaba la cosa que parecía estar en controversia, sino que se buscaba algo muy distinto, ya que en ambas partes, por supuesto, se tenía la sospecha de latrocinio. Ya los secuestradores placían, y no sé quién de los pregoneros, calvo, de frente muy nudosa, que solía a veces incluso llevar causas, había invadido el manto y afirmaba que lo exhibiría al día siguiente. Por lo demás, aparecía que no se buscaba otra cosa sino que, una vez depositada la vestidura, fuera estrangulada entre los ladrones y nosotros no viniéramos a la cita por miedo al crimen. Lo mismo queríamos claramente nosotros. Por tanto, el azar ayudó al deseo de ambas partes. Pues el rústico, indignado porque exigíamos que se exhibiera el harapo, lanzó la túnica a la cara de Ascilto y, liberado de la querella, ordenó depositar el manto, que era lo único que causaba el litigio... Y recuperado, como pensábamos, el tesoro, nos fuimos precipitadamente a la posada y, cerradas las puertas, comenzamos a reírnos de la agudeza tanto de los pregoneros como de los calumniadores, porque nos habían devuelto el dinero con gran astucia.' No quiero tener inmediatamente lo que deseo, ni me place la victoria preparada'.
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Pero tan pronto como nos llenamos con la cena preparada por beneficio de Gitón, la puerta sonó impulsada con un estrépito no suficientemente audaz. Cuando nosotros mismos, por tanto, pálidos, preguntábamos quién era, dijo:' Abre, ya lo sabrás'. Y mientras hablamos, el cerrojo cayó por su propia voluntad y las puertas, abiertas de repente, admitieron al que entraba. La mujer, sin embargo, estaba con la cabeza cubierta, aquella, por supuesto, que había estado poco antes con el rústico, y dijo:'¿ Pensabais que os habíais burlado de mí? Yo soy la esclava de Quartilla, cuyo rito turbasteis ante la cripta. He aquí que ella misma viene a la posada y pide que se le permita hablar con vosotros. No os perturbéis. Ni acusa vuestro error ni lo castiga, sino que más bien se admira de qué dios ha traído a jóvenes tan urbanos a su región'.
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Mientras nosotros aún callábamos y no inclinábamos la adulación hacia ninguna parte, entró ella misma, acompañada por una virgen, y sentándose sobre mi lecho lloró durante mucho tiempo. Y ni siquiera entonces añadimos nosotros ninguna palabra, sino que, atónitos, esperamos las lágrimas preparadas para la ostentación del dolor. Por tanto, cuando esa lluvia tan ambiciosa se calmó, se descubrió la cabeza soberbia con el manto y, con las manos apretadas entre sí hasta el estrépito de las articulaciones, dijo:'¿ Cuál es esta audacia, o dónde aprendisteis latrocinios que incluso van a superar a las fábulas? Por mi fe, me compadezco de vosotros; pues nadie ha visto impunemente lo que no estaba permitido. Ciertamente nuestra región está tan llena de númenes presentes, que más fácilmente puedes encontrar a un dios que a un hombre. Y para que no penséis que he venido aquí por causa de venganza, me conmueve más vuestra edad que mi injuria. Pues, imprudentes, como aún pienso, habéis cometido un crimen inexpiable. Yo misma, ciertamente, aquella noche, atormentada, me estremecí con un frío tan peligroso que temo incluso el ataque de la terciana. Y por eso busqué medicina en un sueño y se me ordenó buscarlos y aliviar el ataque de la enfermedad con la sutileza mostrada. Pero no me esfuerzo tanto por el remedio; pues un dolor mayor se enfurece en mis entrañas, que me lleva hasta la necesidad de la muerte, a saber, que no divulguéis lo que visteis en el santuario de Príapo impulsados por la licencia juvenil y que no saquéis al pueblo los consejos de los dioses. Extiendo, pues, mis manos suplicantes a vuestras rodillas y pido y ruego que no hagáis de las religiones nocturnas juego y risa, y que no queráis divulgar los secretos de tantos años, que apenas mil hombres conocen'.
18
Tras esta deprecación, derramó lágrimas de nuevo y, con toda la cara y el pecho sacudidos por grandes gemidos, presionó mi lecho. Yo, al mismo tiempo perturbado por la misericordia y por el miedo, le ordené tener buen ánimo y estar segura de ambas cosas: pues nadie divulgaría los ritos, y si el dios le hubiera mostrado algún otro remedio para la terciana, nosotros ayudaríamos a la divina providencia incluso con nuestro propio peligro. La mujer, hecha más alegre tras esta promesa, me besó con más frecuencia y, movida de las lágrimas a la risa, tiró de mis cabellos que descendían de la oreja con mano lenta y dijo:' Hago treguas con vosotros, y os despido del litigio constituido. Pero si no hubierais asentido a esta medicina que pido, ya estaba preparada para mañana una turba que vengara mi injuria y mi dignidad:' Es vergonzoso ser despreciado, es soberbio dar la ley; amo esto, que puedo ir por cualquier camino. Pues ciertamente también el sabio despreciado teje disputas, y quien no degüella, suele irse vencedor''. Luego, con las manos aplaudidas, se deshizo en una risa tan repentina que temimos. Lo mismo hizo por otra parte la esclava que había venido primero, lo mismo la virgen que había entrado sola.
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Todas las cosas habían resonado con risa mímica, mientras nosotros, entretanto, ignorábamos qué cambio de ánimos tan repentino se había hecho y mirábamos ahora a nosotros mismos, ahora a las mujeres.' Por eso prohibí hoy que se admitiera a cualquier mortal en esta posada, para recibir de vosotros el remedio de la terciana sin ninguna interpelación'. Cuando Quartilla dijo esto, Ascilto ciertamente se quedó estupefacto por un poco, pero yo, hecho más frío que el invierno galo, no pude emitir ninguna palabra. Pero para no esperar nada más triste, la compañía lo hacía. Pues eran tres mujercitas, si querían intentar algo, debilísimas, ciertamente contra nosotros, a quienes, si nada más, nos quedaba el sexo viril. Y ciertamente estábamos ceñidos más alto. Es más, yo ya había compuesto las parejas de tal manera que, si hubiera que luchar, yo mismo me enfrentaría con Quartilla, Ascilto con la esclava, Gitón con la virgen. Entonces, en verdad, toda constancia se perdió en los atónitos, y una muerte no dudosa comenzó a cubrir los ojos de los miserables.
20
' Ruego', dije,' señora, si preparas algo más triste, termínalo más rápido; pues no hemos cometido un crimen tan grande como para que debamos morir torturados'. La esclava, que se llamaba Psique, extendió diligentemente una manta en el pavimento. Solicitó mis ingles, ya frías por mil muertes. Ascilto se había cubierto la cabeza con el manto, advertido, por supuesto, de que era peligroso intervenir en secretos ajenos. La esclava sacó dos cintas del seno y una ató nuestros pies, la otra nuestras manos. Ascilto, ya desfalleciendo el contexto de las fábulas, dijo:'¿ Qué?¿ Yo no soy digno de beber?'. La esclava, traicionada por mi risa, aplaudió las manos y dijo:' Ciertamente te lo he servido, joven,¿ solo tú has bebido tanto medicamento?'.'¿ Es así?', dijo Quartilla,'¿ todo lo que había de ajedrea, lo ha bebido Encolpio?'. Movió sus costados con una risa no indecente. Y ni siquiera Gitón pudo contener la risa al final, sobre todo después de que la virgen invadió su cuello y dio innumerables besos al niño que no se resistía.
21
Nosotros, miserables, queríamos gritar, pero no había nadie en auxilio, y por un lado Psique me pinchaba las mejillas con una aguja de peinar mientras yo deseaba invocar la fe de los Quirites, por otro la muchacha oprimía a Ascilto con un pincel que ella misma había teñido en ajedrea. Por último, sobrevino un cinaedo adornado con una guirnalda de mirto y ceñido con un cinturón. Unas veces nos golpeaba con las nalgas forzadas, otras nos manchaba con besos asquerosísimos, hasta que Quartilla, sosteniendo una vara de ballena y ceñida en alto, ordenó dar la misión a los infelices. Cada uno de nosotros juró con palabras religiosísimas que un secreto tan horrible moriría entre los dos. Entraron varios maestros de lucha y nos refrescaron bañados con aceite legítimo. Por tanto, habiendo arrojado la fatiga, buscamos las ropas de cena y fuimos conducidos a la celda próxima, en la que tres lechos estaban tendidos y el resto del aparato de lujos estaba expuesto espléndidamente. Por tanto, nos acostamos como se nos ordenó, y, iniciados con una degustación maravillosa, somos inundados incluso con vino falerno. Recibidos también con varios platos, mientras caíamos en el sueño, dijo Quartilla:'¿ Es así?¿ Incluso tenéis en mente dormir, cuando sabéis que se debe una vigilia al genio de Príapo?'
22
Mientras Ascilto, gravado por tantos males, caía en el sueño, aquella esclava que había sido rechazada por la injuria frotó toda su cara con hollín largo y pintó los labios y hombros del que no sentía con soporíferos. Ya yo también, fatigado por tantos males, había tomado un mínimo gusto de sueño; lo mismo había hecho toda la familia dentro y fuera, y unos yacían esparcidos alrededor de los pies de los que estaban acostados, otros aplicados a las paredes, algunos permanecían en el mismo umbral con las cabezas juntas; las lámparas también, faltas de aceite, esparcían una luz tenue y extrema: cuando dos sirios entraron en el triclinio para robar la garrafa, y mientras pelean con avidez por la plata, rompieron la garrafa abierta. Cayó también la mesa con la plata, y la copa, sacudida por casualidad, tocó la cabeza de la esclava que languidecía sobre el lecho. Ante cuyo golpe ella gritó y al mismo tiempo delató a los ladrones y despertó a parte de los ebrios. Aquellos sirios que habían venido por la presa, después de que comprendieron que habían sido descubiertos, cayeron al mismo tiempo junto al lecho, de modo que habrías pensado que esto había sido acordado, y comenzaron a roncar como si durmieran desde hace mucho. Ya también el jefe del triclinio, despierto, había vertido aceite en las lámparas que se apagaban, y los niños, tras secarse los ojos por un poco, habían vuelto al servicio, cuando, entrando una cimbalista y haciendo sonar los bronces, despertó a todos.
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El banquete fue, pues, refrescado y de nuevo Quartilla llamó a beber. La cimbalista ayudó a la hilaridad del que celebraba. Entra el cinaedo, hombre el más insulso de todos y claramente digno de aquella casa, quien, como gimió con las manos rotas, emitió versos de este tipo:'¡ Aquí, aquí, venid pronto ahora, espatalocinaedos, moved los pies, añadid carrera, volad con la planta y con el muslo fácil, con el don ágil y la mano procaz, blandos, antiguos, cortados por la mano deliaca!'. Consumidos sus versos, me escupió con un beso inmundísimo. Pronto también vino sobre el lecho y me descubrió con toda fuerza mientras me resistía. Molía sobre mis ingles durante mucho tiempo y mucho en vano.
24
Fluyendo por la frente del que sudaba, había ríos de acacia, y entre las arrugas de las mejillas había tanto de tiza que habrías pensado que una pared descubierta sufría por una tormenta. Yo no contuve más tiempo las lágrimas, sino que, llevado a la última tristeza, dije:' Ruego, señora, ciertamente habías ordenado dar el embasicoeta'. Ella aplaudió las manos más tiernamente y dijo:'¡ Oh, hombre agudo y fuente de urbanidad vernácula!¿ Qué?¿ No habías entendido que al cinaedo se le llama embasicoeta?'. Luego, para que a mi contubernal le fuera mejor, dije:' Por vuestra fe,¿ Ascilto está celebrando fiestas solo en este triclinio?'.' Así es', dijo Quartilla,' y que se le dé el embasicoeta a Ascilto'. Ante esta voz, el cinaedo cambió de caballo y, hecho el tránsito a mi compañero, lo trituró con nalgas y besos. Gitón estaba de pie entre estas cosas y disolvía sus entrañas con la risa. Por tanto, Quartilla, al verlo, preguntó con la investigación más diligente de quién era el niño. Cuando yo dije que era mi hermano, dijo:'¿ Por qué, pues, no me ha besado?'. Y llamado a sí, lo aplicó a un beso. Pronto bajó también la mano al seno y, tras haber palpado el vasito tan rudo, dijo:' Este, bellamente, militará mañana en el entremés de nuestra libido; pues hoy, después del asno, no tomo raciones diarias'.
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Mientras decía esto, Psique se acercó riendo a su oído, y cuando hubo dicho no sé qué, dijo Quartilla:' Así, así, bien has aconsejado.¿ Por qué no, puesto que es una ocasión bellísima, se desvirga nuestra Pannychis?'. Y continuamente fue producida una muchacha bastante bella y que parecía no tener más de siete años, y ella misma la que primero había venido con Quartilla a nuestra celda. Por tanto, aplaudiendo todos y pidiendo, hicieron las nupcias. Yo me quedé estupefacto y afirmé que ni Gitón, un niño muy vergonzoso, podía bastar para esta petulancia, ni la muchacha era de esa edad para poder aceptar la ley de la paciencia femenina.'¿ Así', dijo Quartilla,' es menor esta de lo que yo fui cuando sufrí al primer hombre? Que tenga a mi Juno irritada si alguna vez recuerdo haber sido virgen. Pues también de niña me incliné con mis iguales, y luego, avanzando los años, me apliqué a niños mayores, hasta que llegué a esta edad. De aquí también creo que nació ese proverbio, que se dice que puede levantar un toro quien haya levantado un ternero'. Por tanto, para que el hermano no recibiera una injuria mayor en secreto, me levanté para el oficio nupcial.
26
Ya Psique había envuelto la cabeza de la muchacha con el velo nupcial, ya el embasicoeta llevaba la antorcha, ya las mujeres ebrias habían hecho un largo cortejo aplaudiendo y habían adornado el tálamo con vestidura incesta, cuando Quartilla también, encendida por la libido de los que bromeaban, se levantó ella misma y, agarrando a Gitón, lo arrastró al cubículo. Sin duda el niño no se había resistido, y ni siquiera la muchacha había temido tristemente el nombre de nupcias. Por tanto, cuando yacían encerrados, nos sentamos ante el umbral del tálamo, y Quartilla, en primer lugar, a través de la rendija impropiamente abierta, había aplicado el ojo curioso y observaba el juego pueril con diligencia libidinosa. Me arrastró también a mí al mismo espectáculo con mano lenta, y porque los rostros de los que contemplaban se habían unido, lo que quedaba libre del espectáculo, movía de paso los labios y me golpeaba como con besos furtivos. Arrojados en los lechos, pasamos el resto de la noche sin miedo. Ya había llegado el tercer día, es decir, la expectativa de la cena libre, pero, acribillados por tantas heridas, la huida placía más que el descanso. Por tanto, mientras deliberábamos tristes sobre de qué manera evitar la tormenta presente, un esclavo de Agamenón interrumpió a los que temblaban y dijo:'¿ Qué?¿ Vosotros no sabéis ante quién se hace hoy? Trimalción, hombre lautísimo, tiene un reloj en el triclinio y un bucinador adornado, para saber de vez en cuando cuánto ha perdido de su vida'. Nos vestimos, pues, diligentemente, olvidados de todos los males, y ordenamos a Gitón, que defendía gustosísimamente el oficio servil, que nos siguiera hasta aquí en el baño.
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Nosotros, entretanto, vestidos, comenzamos a errar, o mejor dicho, a bromear más y a acercarnos al que jugaba en los círculos, cuando de repente vemos a un anciano calvo, vestido con una túnica rojiza, jugando a la pelota entre niños de cabellos largos. Y no fueron tanto los niños los que nos habían llevado al espectáculo, aunque valía la pena, como el mismo padre de familia, que, calzado con sandalias, se ejercitaba con una pelota verde. Y ya no la repetía la que había tocado tierra, sino que el esclavo tenía un fuelle lleno y bastaba para los que jugaban. Notamos también cosas nuevas. Pues dos eunucos estaban de pie en una parte distinta del círculo, de los cuales uno sostenía una orinal de plata, el otro contaba las pelotas, no ciertamente las que vibraban entre las manos mientras el juego expulsaba, sino las que caían a tierra. Cuando, pues, nos maravillábamos de estos lujos, Menelao corre y dice:' Este es ante quien pondréis el codo, y ciertamente ya veis el principio de la cena'. Y ya no hablaba Menelao cuando Trimalción chasqueó los dedos, ante cuya señal el eunuco puso el orinal debajo del que jugaba. Vaciada la vejiga, él pidió agua para las manos, y se secó los dedos, un poco salpicados, en la cabeza del niño.
28
Sería largo enumerar cada detalle. Así pues, entramos en el baño y, acalorados por el sudor, salimos en un instante hacia la sala fría. Ya Trimalción, bañado en ungüentos, estaba siendo secado, no con toallas, sino con mantos hechos de la lana más suave. Mientras tanto, tres masajistas bebían vino de Falerno a su vista, y como derramaban mucho al pelearse, Trimalción decía que eso era su propia ofrenda. Luego, envuelto en un albornoz de color escarlata, fue colocado en una litera, precedido por cuatro corredores con arreos y un carricoche en el que iba su favorito, un muchachito viejo, legañoso y más deforme que el propio Trimalción. Así pues, mientras se lo llevaban, un músico con flautas diminutas se acercó a su cabecera y, como si le dijera algo en secreto al oído, tocó durante todo el trayecto. Nosotros le seguimos, ya hartos de admiración, y llegamos con Agamenón a la puerta, en cuyo poste había un cartel fijado con esta inscripción:« Cualquier esclavo que salga fuera sin orden de su amo, recibirá cien azotes». En la misma entrada, sin embargo, estaba el portero vestido de verde, ceñido con un cinturón color cereza, y limpiaba guisantes en una bandeja de plata. Sobre el umbral, además, colgaba una jaula dorada en la que una urraca moteada saludaba a los que entraban.
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Por lo demás, mientras me quedaba pasmado ante todo, casi me caigo de espaldas y me rompo las piernas. Pues a la izquierda de los que entraban, no lejos de la celda del portero, había un perro enorme, sujeto por una cadena, pintado en la pared y, sobre él, escrito con letras cuadradas:« Cuidado con el perro». Mis compañeros se rieron, pero yo, recuperado el aliento, no dejé de recorrer toda la pared. Estaba pintado un mercado de esclavos con sus carteles, y el propio Trimalción, con cabellera, sostenía un caduceo y entraba en Roma bajo la guía de Minerva. Luego, el pintor, con gran esmero, había representado cómo había aprendido a llevar cuentas y cómo, finalmente, se había convertido en administrador, todo ello con su inscripción. En el extremo del pórtico, Mercurio lo elevaba por la barbilla hacia un tribunal elevado. Allí estaba Fortuna, abundante con su cuerno de la abundancia, y las tres Parcas hilando sus hilos de oro. Noté también en el pórtico a un grupo de corredores ejercitándose con su maestro. Además, vi un gran armario en un rincón, en cuya hornacina estaban colocados unos Lares de plata, una estatua de mármol de Venus y una cajita de oro no pequeña, en la que decían que estaba guardada su barba. Empecé, pues, a preguntar al administrador qué representaban aquellas pinturas.« La Ilíada y la Odisea», dijo,« y el combate de gladiadores de Lenas». No se podía examinar mucho más.
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Ya habíamos llegado al triclinio, en cuya primera parte el procurador recibía las cuentas. Y lo que más me sorprendió fue que en los postes del triclinio había fijados haces con hachas, cuya parte inferior terminaba como el espolón de bronce de un barco, en el que estaba escrito:« A Cayo Pompeyo Trimalción, sevir augustal, Cinnamo, administrador». Bajo el mismo título colgaba de la cámara una lámpara de dos mechas, y dos tablas fijadas en cada poste, de las cuales una, si bien recuerdo, tenía esto inscrito:« El 30 y el 31 de diciembre, nuestro Cayo cena fuera», y la otra, las imágenes del curso de la luna y de las siete estrellas; y los días que eran buenos y los que eran desfavorables estaban marcados con una bolita distintiva. Llenos de estas curiosidades, cuando intentábamos entrar en el triclinio, uno de los muchachos, encargado de este cometido, exclamó:«¡ Con el pie derecho!». Sin duda, vacilamos un momento por miedo a que alguno de nosotros cruzara el umbral contraviniendo la norma. Pero, en cuanto movimos al unísono los pasos derechos, un esclavo despojado de sus ropas se postró a nuestros pies y empezó a rogar que lo libráramos del castigo: que su falta no era grave, por la cual estuviera en peligro; pues el administrador le había sustraído en el baño unas ropas que apenas habrían valido diez sestercios. Retiramos, pues, los pies derechos y suplicamos al administrador, que contaba monedas de oro en el atrio, que perdonara el castigo al esclavo. Aquel, soberbio, levantó el rostro y dijo:« No me mueve tanto la pérdida como la negligencia de un esclavo tan despreciable. Ha perdido mis ropas de cena, que me había regalado un cliente por mi cumpleaños, de color tirio sin duda, pero ya lavadas una vez.¿ Qué más da? Os lo regalo».
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Obligados por tan gran beneficio, cuando entramos en el triclinio, nos salió al encuentro el mismo esclavo por quien habíamos rogado y, ante nuestro asombro, nos dio muchísimos besos agradeciendo nuestra humanidad.« En resumen, enseguida sabréis a quién habéis hecho un favor. El vino del amo es cortesía del servidor». Finalmente, pues, nos reclinamos mientras unos muchachos alejandrinos vertían agua helada en nuestras manos y otros, siguiéndonos a los pies, cortaban con gran sutileza los padrastros. Y ni siquiera en este cometido tan molesto callaban, sino que cantaban mientras trabajaban. Quise probar si toda la servidumbre cantaba, así que pedí una bebida. El muchacho, muy dispuesto, me respondió con un cántico no menos ácido, y cualquiera a quien se le pidiera algo, parecía el coro de una pantomima, no el triclinio de un padre de familia. Se trajo, sin embargo, un aperitivo muy elegante; pues ya todos se habían reclinado excepto el propio Trimalción, a quien se le reservaba el primer lugar según una nueva costumbre. Por lo demás, en la bandeja de los aperitivos había un asno de Corinto colocado con sus alforjas, que tenía aceitunas blancas en un lado y negras en el otro. Cubrían al asno dos platos, en cuyos bordes estaba inscrito el nombre de Trimalción y el peso de la plata. Unos puentecillos soldados sostenían lirones espolvoreados con miel y amapola. También se pusieron salchichas sobre una parrilla de plata caliente, y debajo de la parrilla, ciruelas de Siria con granos de granada.
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Estábamos en estas exquisiteces cuando el propio Trimalción fue traído al son de la música y, colocado entre cojines diminutos, provocó la risa de los desprevenidos. Pues con un manto escarlata había cubierto su cabeza rapada y alrededor de su cuello, cargado de ropa, se había puesto una servilleta con una franja púrpura, con flecos colgando de un lado y de otro. Tenía también en el dedo meñique de la mano izquierda un anillo grande sobredorado, y en la última falange del dedo siguiente uno más pequeño, a mi parecer, totalmente de oro, pero engastado con lo que parecían estrellas de hierro. Y para no mostrar solo estas riquezas, descubrió su brazo derecho, adornado con un brazalete de oro y un círculo de marfil unido por una lámina brillante.
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Cuando luego se hurgó los dientes con un palillo de plata, dijo:« Amigos, no me apetecía venir al triclinio todavía, pero para no retrasaros más con mi ausencia, me negué todo placer. Me permitiréis, sin embargo, terminar la partida». Seguía un muchacho con un tablero de madera de terebinto y dados de cristal, y noté lo más refinado de todo. Pues en lugar de fichas blancas y negras, tenía denarios de oro y plata. Mientras tanto, mientras él consumía los dichos de todos los tejedores durante el juego, nos trajeron, mientras aún probábamos, una fuente con una cesta en la que había una gallina de madera con las alas extendidas en círculo, como suelen estar las que incuban huevos. Se acercaron enseguida dos esclavos y, al son de la música, empezaron a remover la paja y, sacando huevos de pavo real, los repartieron entre los comensales. Trimalción volvió su rostro hacia esta escena y dijo:« Amigos, ordené que se pusieran huevos de pavo real bajo la gallina. Y, por Hércules, temo que ya estén formados; probemos, sin embargo, si todavía se pueden sorber». Recibimos unas cucharas que pesaban no menos de media libra y rompimos los huevos hechos de harina grasa. Yo, por mi parte, casi tiro mi parte, pues me parecía que ya se había convertido en pollo. Luego, al oír a un viejo comensal decir:« Aquí debe haber algo bueno», examiné la cáscara con la mano y encontré una curruca muy gorda rodeada de yema con pimienta.
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Ya Trimalción había pedido todo lo mismo tras interrumpir el juego y había dado permiso con voz clara, por si alguno de nosotros quería tomar vino con miel de nuevo, cuando de repente se da la señal con la música y los platos de aperitivos son retirados al mismo tiempo por el coro que cantaba. Por lo demás, durante el tumulto, al caerse por casualidad un plato y recogerlo el muchacho del suelo, Trimalción se dio cuenta y ordenó que reprendieran al muchacho con bofetadas y que volviera a tirar el plato. Siguió el encargado de la vajilla y empezó a barrer la plata con escobas entre los demás desperdicios. Enseguida entraron dos etíopes con el pelo largo con odres pequeños, como los que suelen esparcir arena en el anfiteatro, y nos dieron vino en las manos; pues nadie sirvió agua. El amo, alabado por sus elegancias, dijo:« Marte ama la equidad. Por eso ordené que a cada uno se le asignara su propia mesa. De paso, los esclavos más repugnantes nos causarán menos calor con su aglomeración». Inmediatamente se trajeron ánforas de vidrio cuidadosamente selladas con yeso, en cuyos cuellos había etiquetas pegadas con este título:« Falerno Opimiano de cien años». Mientras leíamos las etiquetas, Trimalción aplaudió y dijo:«¡ Ay, ay! Así pues, el vino vive más que el hombrecillo. Por eso, bebamos. El vino es vida. En verdad, el Opimiano está a mano. Ayer no serví uno tan bueno, y cenaban personas mucho más honorables». Mientras bebíamos y admirábamos con gran esmero las exquisiteces, un esclavo trajo un esqueleto de plata, tan articulado que sus coyunturas y vértebras se podían doblar en cualquier dirección. Tras haberlo arrojado sobre la mesa una y otra vez, y al expresar la cadena móvil varias figuras, Trimalción añadió:«¡ Ay de nosotros, miserables, qué poco es todo el hombrecillo! Así seremos todos, después de que el Orco nos lleve. Por tanto, vivamos mientras nos es posible estar bien».
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A esta alabanza le siguió un plato que no fue grande según las expectativas; sin embargo, la novedad atrajo las miradas de todos. Pues una fuente redonda tenía los doce signos dispuestos en círculo, sobre los cuales el cocinero había colocado comida propia y adecuada a la materia: sobre el carnero, garbanzos; sobre el toro, un trozo de carne de buey; sobre los gemelos, testículos y riñones; sobre el cangrejo, una corona; sobre el león, un higo africano; sobre la virgen, una matriz de cerda; sobre la balanza, una pesa en cuya otra parte había una torta, en la otra un pastel; sobre el escorpión, un pececillo marino; sobre el sagitario, un pez de ojos grandes; sobre el capricornio, una langosta marina; sobre el acuario, un ganso; sobre los dos peces, dos salmonetes. En medio, un césped cortado con hierbas sostenía un panal. Un muchacho egipcio llevaba pan en un horno de plata. Y él mismo, con voz espantosa, entonó un cántico sobre el mimo del laserpicio.
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Nosotros, al acercarnos más tristes a tan viles comidas, Trimalción dijo:« Sugiero que cenemos; este es el jugo de la cena». En cuanto dijo esto, cuatro bailarines corrieron al son de la música y retiraron la parte superior de la fuente. Hecho esto, vemos debajo, por supuesto, en otro plato, aves de corral, ubres de cerda y un jabalí en medio, adornado con alas para que pareciera Pegaso. Notamos también alrededor de las esquinas de la fuente cuatro Marsias, de cuyos odres corría salsa de pimienta sobre los peces, que nadaban como en un canal. Todos aplaudimos, iniciado por la servidumbre, y nos lanzamos riendo a las cosas más selectas. Trimalción, no menos contento con tal método, dijo:«¡ Trincha!». Inmediatamente avanzó el trinchador y, gesticulando al son de la música, despedazó la vianda de tal manera que habrías pensado que un auriga luchaba al son de un órgano hidráulico. Trimalción, no obstante, insistía con voz muy lenta:«¡ Trincha, trincha!». Yo, sospechando que la palabra repetida tantas veces se refería a alguna agudeza, no me avergoncé de preguntárselo al que estaba reclinado sobre mí. Pero él, que había visto más a menudo tales juegos, dijo:«¿ Ves a aquel que trincha la vianda? Se llama Carpus. Por eso, cada vez que dice' trincha', con la misma palabra llama y ordena».
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No pude probar nada más, sino que, volviéndome hacia él para captar todo lo posible, empecé a sacar temas de conversación y a preguntar quién era aquella mujer que corría de aquí para allá.« La esposa de Trimalción», dijo,« se llama Fortunata, que mide el dinero a fanegas.¿ Y hace poco, hace poco qué era? Que tu genio me perdone, no habrías querido aceptar pan de su mano. Ahora, sin saber cómo ni por qué, ha subido al cielo y es todo para Trimalción. En resumen, si a pleno mediodía le dijera que es de noche, se lo creería. Él mismo no sabe lo que tiene, tan rico es; pero esta arpía lo prevé todo, incluso donde no pensarías. Es seca, sobria, de buenos consejos, ves tanto oro, es sin embargo de mala lengua, una urraca de almohada. A quien ama, ama; a quien no ama, no ama. El propio Trimalción tiene fincas donde vuelan los milanos, dinero a montones. Hay más plata en la celda de ese portero de lo que nadie tiene en fortuna. La servidumbre,¡ vaya!, por Hércules, no creo que la décima parte conozca a su amo. En resumen, a cualquiera de esos lerdos lo meterá en una hoja de ruda».
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Y no creas que compra nada. Todo nace en casa: lana, cidras, pimienta, si buscas leche de gallina, la encontrarás. En resumen, le nacía poca lana buena; compró carneros de Tarento y los cruzó en el rebaño. Para que la miel ática naciera en casa, ordenó traer abejas de Atenas; de paso, las que son criollas se volverán un poco mejores gracias a los griegos. Mira, hace pocos días escribió para que le enviaran desde la India semilla de setas. Pues no tiene ninguna mula que no haya nacido de un onagro. Ves tantos cojines: ninguno hay que no tenga relleno de color púrpura o escarlata. Tal es la felicidad de su espíritu. Pero no desprecies a los demás libertos. Son muy ricos. Ves a aquel que está reclinado en el último lugar: hoy posee sus ochocientos mil. Creció de la nada. Hace poco solía llevar leña sobre su cuello. Pero como dicen— yo no sé nada, pero lo he oído—, habría robado el gorro a un duende y encontró un tesoro. Yo no envidio a nadie, si es lo que un dios le dio. Sin embargo, está bajo el azote y no quiere que le vaya mal. Por eso, hace poco puso un cartel en su casa:' Cayo Pompeyo Diógenes alquila su ático desde el primero de julio; pues él mismo compró una casa'.¿ Y qué decir de aquel que yace en el lugar de liberto, qué bien se ha portado? No le reprocho nada. Vio sus diez millones de sestercios, pero vaciló mal. No creo que tenga los cabellos libres, y por Hércules, no es culpa suya; pues él mismo no es mejor hombre; pero los libertos malvados, que hicieron todo para sí. Pero sabe esto: la olla de los socios hierve mal, y una vez que la cosa se inclina, los amigos desaparecen. Y qué negocio tan honesto ejerció, por lo que lo ves así. Fue enterrador. Solía cenar como un rey: jabalíes vestidos, pastelería, aves, cocineros, panaderos. Se derramaba más vino bajo la mesa del que alguien tiene en su bodega. Fantasía, no hombre. Incluso cuando sus cosas se inclinaron, temiendo que los acreedores pensaran que estaba en quiebra, publicó una subasta con este título:' Cayo Julio Próculo hará una subasta de cosas superfluas'.
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Trimalción interrumpió tan dulces historias; pues ya se había retirado el plato, y los alegres comensales habían empezado a dedicarse al vino y a las conversaciones públicas. Él, pues, reclinado sobre el codo, dijo:« Este vino es el que debéis hacer suave. Los peces deben nadar. Pregunto,¿ pensáis que estoy contento con esa cena que habíais visto en la caja de la fuente?'¿ Así es conocido Ulises?'¿ Qué es, pues? Es necesario también conocer la filología mientras se cena. Que los huesos de mi patrón descansen bien, que quiso que yo fuera un hombre entre hombres. Pues a mí no se me puede traer nada nuevo, como ese plato ya tenía su práctica. Este cielo, en el que habitan doce dioses, se convierte en otras tantas figuras, y a veces se hace carnero. Por eso, quien nace bajo ese signo tiene mucho ganado, mucha lana, además la cabeza dura, la frente desvergonzada, el cuerno afilado. Muchos estudiosos nacen bajo este signo, y los carneritos». Alabamos la agudeza del matemático; por eso añadió:« luego todo el cielo se vuelve torito. Por eso nacen los patosos, los boyeros y los que se alimentan a sí mismos. En los gemelos nacen los aurigas, los bueyes, los testículos y los que pintan ambas paredes. Yo nací bajo el cangrejo. Por eso estoy sobre muchos pies, y poseo mucho en el mar y en la tierra; pues el cangrejo cuadra aquí y allá. Y por eso hace tiempo no puse nada sobre él, para no oprimir mi génesis. En el león nacen los glotones y los imperiosos; en la virgen, las mujeres, los fugitivos y los encadenados; en la balanza, los carniceros, los perfumistas y cualquiera que despacha algo; en el escorpión, los envenenadores y los asesinos; en el sagitario, los bizcos, que miran las verduras y se llevan el tocino; en el capricornio, los desgraciados, a quienes les nacen cuernos por sus males; en el acuario, los taberneros y los calabazas; en los peces, los proveedores y los retóricos. Así el orbe gira como una muela, y siempre hace algo malo, para que los hombres nazcan o perezcan. Pero que veáis el césped en medio y sobre el césped el panal, no hago nada sin razón. La tierra es madre en medio, redondeada como un huevo, y tiene todos los bienes en sí como un panal».
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«¡ Sabio!», gritamos todos, y con las manos levantadas hacia el techo juramos que Hiparco y Arato no eran comparables a aquel hombre, hasta que llegaron los sirvientes y colocaron tapices sobre los lechos, en los que estaban pintadas redes, cazadores con venablos y todo el aparato de caza. Aún no sabíamos dónde dirigir nuestras sospechas, cuando fuera del triclinio se levantó un clamor enorme, y he aquí que perros lacónicos empezaron a correr incluso alrededor de la mesa. Les siguió una fuente en la que estaba puesto un jabalí de primera magnitud, y además con gorro de liberto, de cuyos dientes colgaban dos cestitas tejidas con hojas de palma, una llena de dátiles y otra de dátiles de Tebas. Alrededor, unos cerditos más pequeños hechos de pastel de harina, como si estuvieran mamando, indicaban que se había puesto una cerda. Y estos fueron los regalos de salida. Por lo demás, para trinchar el jabalí no se acercó aquel Carpus que había despedazado las aves, sino un hombre enorme, barbudo, atado con vendas en las piernas y adornado con una capa bordada, y con el cuchillo de caza desenvainado golpeó violentamente el costado del jabalí, de cuya herida salieron volando tordos. Los cazadores estuvieron listos con varas y los atraparon en un momento mientras revoloteaban por el triclinio. Luego, cuando Trimalción ordenó que se devolviera a cada uno lo suyo, añadió:« Ved también qué bellota lavada ha comido ese cerdo salvaje». Inmediatamente los muchachos se acercaron a las cestitas que colgaban de los dientes y repartieron los dátiles de Tebas y los otros según el número de los comensales.
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Mientras tanto yo, que tenía un retiro privado, me perdí en muchos pensamientos sobre por qué había entrado el jabalí con gorro. Después de que consumí todas las tonterías, me atreví a preguntar a mi intérprete qué me atormentaba. Pero él:« Claramente, incluso tu esclavo puede indicar esto; pues no es un enigma, sino una cosa abierta. Este jabalí, cuando ayer fue el plato principal de la cena, fue dejado por los comensales; por eso hoy vuelve al banquete como un liberto». Condené mi estupidez y no pregunté nada más, para no parecer que nunca había cenado entre gente honesta. Mientras hablamos de esto, un muchacho hermoso, coronado con vides e hiedras, confesándose a veces Bromio, a veces Lieo Evio, repartió uvas en una cestita y recitó poemas de su amo con voz muy aguda. Ante cuyo sonido, Trimalción, volviéndose, dijo:« Dionisio, sé libre». El muchacho se quitó el gorro y lo puso sobre su cabeza. Entonces Trimalción añadió de nuevo:« No negaréis que tengo a Liber Pater». Alabamos el dicho de Trimalción y besamos al muchacho que daba vueltas. De este plato, Trimalción se levantó para ir al orinal. Nosotros, habiendo obtenido la libertad sin el tirano, empezamos a invitar a las conversaciones de los comensales. Dama, pues, el primero, después de haber pedido una copa grande, dijo:« El día no es nada. Mientras te das la vuelta, se hace de noche. Por eso, no hay nada mejor que ir directamente del dormitorio al triclinio. Y hemos tenido un frío tremendo. Apenas el baño me calentó. Sin embargo, la bebida caliente es un abrigo. He bebido varias copas y estoy claramente borracho. El vino se me ha subido al cerebro».
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Seleuco tomó parte en la historia y dijo:« Yo no me lavo todos los días; pues el baño es un batanero, el agua tiene dientes, y nuestro corazón se derrite cada día. Pero cuando me tomo una jarra de vino con miel, le digo al frío que se vaya al diablo. Y ciertamente no pude lavarme; pues hoy estuve en un funeral. Un hombre bello, tan bueno, Crisanto, ha exhalado el alma. Hace poco, hace poco me llamó. Me parece estar hablando con él. Ay, ay. Caminamos como odres inflados. Somos menos que las moscas, las moscas sin embargo tienen alguna virtud, nosotros no somos más que burbujas.¿ Y qué si no hubiera sido abstinente? Cinco días no echó agua en su boca, ni una miga de pan. Sin embargo, se fue con los demás. Los médicos lo perdieron, o más bien el mal hado; pues el médico no es otra cosa que un consuelo para el alma. Sin embargo, fue bien enterrado, con un lecho vital, buenas mantas. Fue llorado excelentemente— manumitió a algunos— incluso si su esposa lo lloró con malicia.¿ Qué si no la hubiera tratado excelentemente? Pero una mujer, sea cual sea, es del género de los milanos. A nadie le conviene hacer nada bueno; pues es igual que si lo echaras en un pozo. Pero el amor antiguo es un cáncer».
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Fue molesto, y Fileros proclamó:« Recordemos a los vivos. Él tiene lo que se le debía: vivió honestamente, murió honestamente.¿ Qué tiene de qué quejarse? Creció desde un as y estuvo dispuesto a recoger un cuadrante del estiércol con los dientes. Por eso creció, todo lo que creció, como un panal. Creo, por Hércules, que dejó cien mil, y todo lo tenía en dinero. Sobre el asunto, sin embargo, diré la verdad, yo que he comido lengua de perro: era de boca dura, lenguaraz, una discordia, no un hombre. Su hermano era fuerte, amigo de sus amigos, con mano llena, mesa untada. Y al principio sufrió un mal presagio, pero la primera vendimia le corrigió las costillas: pues vendió el vino al precio que él quiso. Y lo que levantó su barbilla, recibió una herencia, de la que robó más de lo que se le dejó. Y aquel necio, mientras se enfada con su hermano, legó el patrimonio a no sé qué hijo de la tierra. Lejos huye quien huye de los suyos. Tenía, sin embargo, esclavos de confianza que lo llevaron a la ruina. Nunca, sin embargo, hará bien quien confía pronto, especialmente un hombre negociante. Sin embargo, es verdad lo que disfrutó mientras vivió. A quien se le da, no a quien se le destina. Claramente hijo de la Fortuna, en su mano el plomo se convertía en oro. Es fácil, sin embargo, cuando todo corre cuadrado.¿ Y cuántos años crees que se llevó consigo? Setenta y más. Pero era duro, llevaba bien la edad, negro como un cuervo. Conocía al hombre desde hace mucho tiempo y todavía era lujurioso. No creo, por Hércules, que haya dejado un perro en casa. Incluso era un hombre para todo. Y no lo desapruebo, pues esto solo se llevó consigo».
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Esto dijo Fileros, y Ganímedes dijo:« Contáis cosas que no pertenecen ni al cielo ni a la tierra, mientras nadie se preocupa de cómo muerde el precio del grano. Por Hércules, hoy no pude encontrar un bocado de pan. Y cómo persiste la sequía. Ya ha habido un año de hambre.¡ Que les vaya mal a los ediles, que se compinchan con los panaderos!' Sálvame, te salvaré'. Por eso el pueblo menudo sufre; pues esas mandíbulas mayores siempre celebran las Saturnales. Ojalá tuviéramos aquellos leones que encontré aquí cuando vine por primera vez de Asia. Eso era vivir. Si la flor de harina era inferior al trigo, así los golpeaban, que Júpiter estaba enfadado con ellos. Pero recuerdo a Safinio: entonces vivía cerca del arco viejo, cuando yo era niño, pimienta, no hombre. Él, por donde iba, quemaba la tierra. Pero recto, pero seguro, amigo de sus amigos, con quien podías jugar a los dedos en la oscuridad. En la curia, sin embargo, cómo trataba a cada uno, ni hablaba con rodeos, sino directo. Cuando actuaba en el foro, su voz crecía como una trompeta. Ni sudaba nunca ni escupía, creo que tenía no sé qué de Asia. Y qué amable al saludar, al decir los nombres de todos, como uno de nosotros. Por eso en aquel tiempo el grano estaba por los suelos, el pan que comprabas por un as, no habrías podido devorarlo con otro. Ahora he visto un ojo de buey más grande. Ay, ay, cada día peor. Esta colonia crece hacia atrás como la cola de un ternero. Pero,¿ por qué no tenemos un edil de tres caunias, que prefiere un as a nuestra vida? Por eso se alegra en casa, recibe más dinero en un día de lo que otro tiene de patrimonio. Ya sé de dónde recibió mil denarios de oro. Pero si tuviéramos agallas, no se complacería tanto. Ahora el pueblo es león en casa, zorro fuera. En cuanto a mí, ya me he comido mis harapos, y si persiste este precio del grano, venderé mis casitas.¿ Qué va a pasar si ni los dioses ni los hombres se compadecen de esta colonia? Que disfrute de los míos, como creo que todo eso lo hacen los dioses. Pues nadie piensa en el cielo, nadie guarda el ayuno, nadie hace caso de Júpiter, sino que todos cuentan sus bienes con los ojos cerrados. Antes, las mujeres estoladas iban con los pies descalzos al monte, con los cabellos sueltos, mentes puras, y pedían agua a Júpiter. Por eso enseguida llovía a cántaros: o entonces o nunca: y todos volvían mojados como ratones. Por eso los dioses tienen los pies de lana, porque no somos religiosos. Los campos yacen».
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« Te ruego», dijo Equión el trapero,« habla mejor.' Un día así, otro día asá', dice el rústico; había perdido un cerdo variado. Lo que hoy no es, mañana será: así se arrastra la vida. Por Hércules, no se puede decir que haya una patria mejor, si tuviera hombres. Pero sufre en este tiempo, y no solo esta. No debemos ser delicados, en todas partes el cielo es el mismo. Tú, si estuvieras en otro lugar, dirías que aquí los cerdos caminan cocinados. Y he aquí que vamos a tener un espectáculo excelente en el día de fiesta; la familia no es de escuela de gladiadores, sino muchos libertos. Y nuestro Tito tiene un gran espíritu y es decidido: será esto o aquello, lo que sea. Pues soy doméstico suyo, no es un mezclado. Va a dar hierro excelente, sin huida, carnicería en medio, para que el anfiteatro vea. Y tiene de dónde: se le dejaron tres millones de sestercios, su padre murió mal. Aunque gaste cuatrocientos mil, no sentirá su patrimonio, y será nombrado eternamente. Ya tiene algunos Manios y una mujer auriga y el administrador de Glicón, que fue sorprendido mientras se divertía con su ama. Verás la pelea del pueblo entre los celosos y los amantes. Glicón, sin embargo, hombre de un sestercio, dio al administrador a las bestias. Esto es traicionarse a sí mismo.¿ Qué pecó el esclavo, que fue obligado a hacerlo? Más digna fue ella de la bacinilla que el toro que la lanzara. Pero quien no puede con el asno, golpea la albarda.¿ Qué pensaba Glicón que la hija de Hermógenes iba a tener un buen final? Él podía cortar las uñas a un milano volador; la serpiente no engendra una cuerda. Glicón, Glicón dio las suyas; por eso, mientras viva, tendrá la marca, y no la borrará sino el Orco. Pero cada uno peca para sí. Pero presiento que nos va a dar un banquete Mammaea, dos denarios a mí y a los míos. Y si hace esto, arrebate a Norbano todo el favor. Debes saber que este va a ganar con velas llenas. Y en verdad,¿ qué bien nos hizo él? Dio gladiadores de un sestercio ya decrépitos, que si los hubieras soplado, se habrían caído; ya he visto mejores bestiarios. Mató a los caballeros de la lámpara, pensarías que eran gallos de pelea; uno patizambo, otro zambo, el tercero muerto para muerto, que tenía los nervios cortados. Uno de alguna talla fue el tracio, que también luchó según las reglas. En resumen, todos fueron cortados después; tanto habían recibido de la gran multitud' dadles', claramente puras huidas.' Sin embargo, te di un espectáculo', dice: y yo te aplaudo. Calcula, y te doy más de lo que recibí. Una mano lava la otra. Me pareces, Agamenón, decir:
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«¿ Qué es lo que murmuras ahí, molesto?». Porque tú, que puedes hablar, no hablas. No eres de nuestra clase y por eso te burlas de las palabras de los pobres. Sabemos que eres un necio por tus letras.¿ Qué pasa entonces?¿ Algún día podré convencerte de que vengas a mi finca y veas nuestras casitas? Encontraremos qué comer: un pollo, huevos; será estupendo, incluso si este año la tormenta lo ha estropeado todo; encontraremos, pues, con qué saciarnos. Y ya te crece un discípulo, mi muchacho. Ya sabe las cuatro partes; si vive, tendrás un siervo a tu lado. Pues en cuanto tiene un rato libre, no levanta la cabeza de la tablilla. Es ingenioso y de buena pasta, aunque esté obsesionado con los pájaros. Ya le he matado tres jilgueros y le dije que se los había comido una comadreja. Sin embargo, encuentra otras tonterías y dibuja con mucho gusto. Por lo demás, ya le está dando patadas a los griegos y ha empezado a interesarse no mal por los latinos, aunque su maestro se vuelve un engreído y no se queda en un solo sitio, sino que viene, le doy lecciones, pero no quiere trabajar. Hay otro que, si bien no es culto, es curioso y enseña más de lo que sabe. Por eso, en los días festivos suele venir a casa y se conforma con lo que le des. Así que ahora le he comprado al niño unos libros con títulos en rojo, porque quiero que pruebe algo de derecho para la administración doméstica. Eso da pan. Pues ya está bastante contaminado de letras. Pero si se resiste, he decidido enseñarle un oficio, o barbero, o pregonero, o al menos abogado, que es algo que nadie le puede quitar salvo el Orco. Por eso le grito todos los días:« Primigenio, créeme, todo lo que aprendes, lo aprendes para ti. Mira a Filero, el abogado: si no hubiera aprendido, hoy no se quitaría el hambre de los labios. Hace poco, muy poco, llevaba cargas a la venta sobre su cuello, ahora incluso se enfrenta a Norbano. Las letras son un tesoro y el oficio nunca muere».
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Corrían historias de este tipo cuando entró Trimalción y, tras secarse la frente, se lavó las manos con ungüento y, tras una brevísima pausa, dijo:« Perdonadme, amigos, hace ya muchos días que mi vientre no me responde. Ni los médicos encuentran solución. Sin embargo, me ha servido la corteza de granada y la resina en vinagre. Espero, no obstante, que ya se imponga el pudor antiguo. De lo contrario, me suena en el estómago, diríais que es un toro. Así que, si alguno de vosotros quiere hacer sus necesidades, no hay por qué avergonzarse. Ninguno de nosotros ha nacido sólido. Creo que no hay tormento tan grande como contenerse. Esto es lo único que ni Júpiter puede prohibir.¿ Te ríes, Fortunata, tú que sueles dejarme sin dormir por la noche? Sin embargo, en el triclinio no prohíbo a nadie hacer lo que le plazca, y los médicos prohíben contenerse. O si viene algo más, todo está preparado fuera: agua, orinales y demás menudencias. Creedme, la flatulencia sube al cerebro y provoca un oleaje en todo el cuerpo. Sé de muchos que han muerto así por no querer decirse la verdad». Agradecemos su generosidad e indulgencia y, de paso, castigamos la risa con frecuentes tragos. Y aún no sabíamos que estábamos en medio de tales lujos, como dicen, trabajando en la cuesta. Pues, cuando se limpiaron las mesas al son de la música, introdujeron en el triclinio tres cerdos blancos adornados con cabestros y cascabeles, de los cuales el nomenclador decía que uno tenía dos años, el otro tres y el tercero ya seis; yo pensaba que habían entrado acróbatas y que los cerdos, como es costumbre en los circos, iban a hacer algún prodigio; pero Trimalción, disipada la expectación, dijo:«¿ Cuál de ellos queréis que se convierta en cena ahora mismo? Pues los campesinos hacen gallos, guisos y tonterías por el estilo: mis cocineros suelen hacer hasta terneros cocidos en el caldero». Y al instante ordenó llamar al cocinero y, sin esperar nuestra elección, ordenó matar al mayor, y con voz clara dijo:«¿ De qué decuria eres?». Cuando él respondió que de la cuadragésima, dijo:«¿ Comprado o nacido en casa?».« Ninguno», dijo el cocinero,« sino que fui dejado para ti en el testamento de Pansa».« Mira, pues», dijo,« que lo prepares con diligencia; si no, ordenaré que te arrojen a la decuria de los viandantes».
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Y el cocinero, advertido de su poder, llevó la vianda a la cocina, mientras que Trimalción se volvió hacia nosotros con rostro amable y dijo:« Si el vino no os gusta, lo cambiaré; vosotros debéis hacerlo bueno. Por favor de los dioses no compro, sino que ahora todo lo que estimula el paladar nace en una finca suburbana que todavía no conozco bien. Se dice que linda con los de Tarracina y los de Tarento. Ahora quiero unir Sicilia a mis tierras, para que cuando me apetezca ir a África, navegue por mis dominios. Pero cuéntame, Agamenón,¿ qué controversia has declamado hoy? Aunque yo no ejerza de abogado, aprendí letras para la administración doméstica. Y para que no pienses que he despreciado los estudios, tengo cuatro bibliotecas, una griega y otra latina. Dime, pues, si me quieres, la peripecia de tu declamación». Cuando Agamenón dijo:« Un pobre y un rico eran enemigos», Trimalción dijo:«¿ Qué es un pobre?».« Con agudeza», dijo Agamenón, y expuso no sé qué controversia. Al instante Trimalción dijo:« Si esto ha sucedido, no es una controversia; si no ha sucedido, no es nada». Mientras seguíamos esto y otras cosas con los más efusivos elogios, dijo:« Te ruego, Agamenón, queridísimo mío,¿ acaso sabes las doce pruebas de Hércules, o la historia de Ulises, de cómo el Cíclope le arrancó el pulgar con unas tenazas? Yo solía leer esto de niño en Homero. Pues a la Sibila de Cumas, yo mismo la vi con mis propios ojos colgada en una ampolla, y cuando los niños le decían:“ Sibila,¿ qué quieres?”, ella respondía:“ Quiero morir”».
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No había terminado de soltarlo todo cuando una bandeja con un cerdo inmenso ocupó la mesa. Empezamos a admirar la rapidez y a jurar que ni siquiera un gallo podría haberse cocinado tan pronto, tanto más cuanto que el cerdo nos parecía mucho mayor que el jabalí de poco antes. Entonces, mirando al cerdo más y más, Trimalción dijo:«¿ Qué?¿ Qué?¿ Este cerdo no ha sido eviscerado?¡ Por Hércules que no lo está! Llama, llama al cocinero al centro». Cuando el cocinero se detuvo triste ante la mesa y dijo que se había olvidado de eviscerarlo,«¿ qué?¿ olvidado?», exclama Trimalción,« dirías que no le echó pimienta y comino. Desnúdalo». No hay demora, el cocinero es desnudado y se queda triste entre dos verdugos. Sin embargo, todos empezaron a suplicar y a decir:« Suele pasar; te rogamos que lo perdones; si lo vuelve a hacer, ninguno de nosotros rogará por él». Yo, de una severidad cruelísima, no pude contenerme, sino que, inclinado al oído de Agamenón, dije:« Claramente este esclavo debe ser un malísimo sujeto;¿ alguien se olvidaría de eviscerar un cerdo?¡ Por Hércules que no le perdonaría si se hubiera saltado un pescado!». Pero no Trimalción, quien, con el rostro relajado en hilaridad, dijo:« Entonces, ya que tienes tan mala memoria, eviscéralo delante de nosotros». Recuperada la túnica, el cocinero agarró el cuchillo y cortó el vientre del cerdo de un lado a otro con mano temblorosa. Sin demora, al aumentar las aberturas por la inclinación del peso, se derramaron salchichas y morcillas.
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Tras este autómata, la servidumbre aplaudió y gritó:«¡ Felicidades a Gayo!». También el cocinero fue honrado con una bebida y una corona de plata, y recibió una copa en una bandeja corintia. Mientras Agamenón la examinaba de cerca, dijo Trimalción:« Soy el único que posee verdaderos objetos corintios». Esperaba que, por su insolencia habitual, dijera que le traían los vasos de Corinto. Pero él, mejor, dijo:« Y quizás te preguntes por qué soy el único que posee verdaderos objetos corintios: porque, ciertamente, el broncista a quien se los compro se llama Corinto.¿ Y qué es lo corintio, sino el que tiene a Corinto? Y para que no penséis que soy un ignorante, sé muy bien dónde nacieron por primera vez los objetos corintios. Cuando Troya fue tomada, Aníbal, hombre astuto y gran estafador, reunió todas las estatuas de bronce, oro y plata en una sola pira y las incendió; se convirtieron en una mezcla de bronces. Así, de esta masa, los artesanos tomaron y fabricaron fuentes, platos y estatuillas. Así nacieron los objetos corintios, de todo un poco, ni esto ni aquello. Me perdonaréis que lo diga: yo prefiero los de vidrio, al menos no huelen. Y si no se rompieran,
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preferiría tenerlos antes que el oro; ahora, sin embargo, son baratos. Hubo, no obstante, un artesano que hizo una redoma de vidrio que no se rompía. Fue admitido ante César con su regalo, luego hizo que César se la devolviera y la arrojó contra el pavimento. César no pudo asustarse más. Pero él recogió la redoma del suelo; estaba abollada como un vaso de bronce; luego sacó un martillito de su bolsillo y arregló la redoma con calma y belleza. Hecho esto, pensaba que tenía el trono de Júpiter, sobre todo después de que César le dijo:«¿ Acaso alguien más sabe esta técnica de los vidrios?». Mira ahora. Después de que lo negó, César ordenó que lo decapitaran, porque, si se supiera, tendríamos el oro por barro. En cuanto a la plata, soy claramente un entendido.
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Tengo copas de un ánfora, más o menos cien: cómo Casandra mató a sus hijos y los niños muertos yacen de tal modo que pensarías que viven. Tengo copas que Mumio dejó a mi patrón, donde Dédalo encierra a Níobe en el caballo de Troya. Pues tengo las batallas de Hermerote y de Petraite en las copas, todas pesadas; pues mi entendimiento no lo vendo por dinero alguno». Mientras cuenta esto, el muchacho dejó caer una copa. Mirándolo, Trimalción dijo:« Date muerte tú mismo rápidamente, porque eres un inútil». Al instante el muchacho, con el labio caído, empezó a suplicar. Pero él dijo:«¿ Por qué me ruegas? Como si yo fuera molesto para ti. Te aconsejo que te impetres a ti mismo que no seas un inútil». Finalmente, pues, ablandado por nosotros, dio la libertad al muchacho. Él, despedido, corrió alrededor de la mesa...« y gritó:“¡ Agua fuera, vino dentro!”». Aceptamos la agudeza del bromista, y ante todos Agamenón, que sabía por qué méritos era llamado de nuevo a la cena. Por lo demás, el elogiado Trimalción bebió con más alegría y, ya casi ebrio, dijo:«¿ Ninguno de vosotros le pide a mi Fortunata que baile? Creedme: nadie baila mejor la cordace». Y él mismo, con las manos levantadas sobre la frente, imitaba al histrión Siro mientras toda la familia coreaba:«¡ Madeia, perimadeia!». Y habría salido al medio si Fortunata no se hubiera acercado a su oído; y creo que le habrá dicho que no convenía a su gravedad tales ineptitudes humildes. Nada, sin embargo, era tan desigual; pues a veces respetaba a Fortunata, a veces volvía a su naturaleza.
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Y claramente interrumpió el deseo de bailar el actuario, quien recitó como si fueran las actas de la ciudad:« VII de las calendas de agosto: en la finca de Cumas, que es de Trimalción, han nacido treinta niños y cuarenta niñas; se han llevado al granero quinientos mil modios de trigo; quinientos bueyes han sido domados. El mismo día: el esclavo Mitrídates ha sido crucificado porque había hablado mal del genio de nuestro Gayo. El mismo día: se han ingresado en la caja diez millones de sestercios que no pudieron ser colocados. El mismo día: se ha producido un incendio en los jardines pompeyanos, originado en la casa del administrador Nasta».«¿ Qué?», dijo Trimalción,«¿ cuándo he comprado los jardines pompeyanos?».« El año pasado», dijo el actuario,« y por eso aún no han entrado en las cuentas». Trimalción se encendió y dijo:« Cualquier finca que se me compre, si no me entero antes de seis meses, prohíbo que se incluya en mis cuentas». Ya se recitaban también los edictos de los ediles y los testamentos de los guardabosques, en los que Trimalción era desheredado con elogios; ya los nombres de los administradores y la liberta repudiada por el cobrador, sorprendida en el contubernio del bañero, y el portero relegado a Bayas; ya el administrador hecho reo y el juicio celebrado entre los cubicularios. Los acróbatas, sin embargo, llegaron por fin. Un tipo muy zafio se colocó con una escalera y ordenó al muchacho bailar por los peldaños y en la parte superior, luego saltar aros ardientes y sostener un ánfora con los dientes. Trimalción era el único que admiraba esto y decía que era un oficio ingrato. Por lo demás, decía que había dos cosas en los asuntos humanos que veía con más gusto: los acróbatas y los cornicines; el resto de los espectáculos eran puras tonterías.« Pues también había comprado cómicos», dijo,« pero preferí que hicieran atelanas, y ordené a mi flautista que cantara en latín».
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Mientras Gayo decía esto, el muchacho de Trimalción se cayó. La familia gritó, y no menos los convidados, no por el hombre tan odioso, a quien habrían visto con gusto con el cuello roto, sino por el mal final de la cena, para no tener que llorar a un muerto ajeno. El propio Trimalción, tras haber gemido gravemente y haberse apoyado sobre el brazo como si estuviera herido, los médicos corrieron, y entre los primeros Fortunata con los cabellos sueltos y una copa, proclamándose miserable e infeliz. Pues el muchacho, que se había caído, ya rondaba desde hacía tiempo nuestros pies y pedía la libertad. Me sentía fatal, no fuera que por estas súplicas se buscara alguna catástrofe mediante el ridículo. Pues aún no se me había olvidado aquel cocinero que se había olvidado de eviscerar el cerdo. Así que empecé a mirar todo el triclinio, no fuera que por la pared saliera algún autómata, sobre todo después de que el esclavo empezó a ser azotado por haber envuelto el brazo contuso del señor con lana blanca en lugar de púrpura. Y mi sospecha no anduvo lejos; pues en lugar del castigo vino el decreto de Trimalción, por el cual ordenó que el muchacho fuera libre, para que nadie pudiera decir que un hombre tan grande había sido herido por un esclavo.
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Aprobamos el hecho y charlamos con diversa conversación sobre lo precarias que eran las cosas humanas.« Así es», dijo Trimalción,« no conviene que este incidente pase sin inscripción», e inmediatamente pidió tablillas y, sin mucho esfuerzo de pensamiento, recitó esto:«“ Lo que no esperas, sucede de repente, y la Fortuna cuida de nuestros asuntos por encima de nosotros. Por eso, danos vinos de Falerno, muchacho”». A partir de este epigrama empezó la mención de los poetas y durante mucho tiempo se recordó la suma de la poesía en manos de Mopso el Tracio, hasta que Trimalción dijo:« Te ruego, maestro,¿ qué crees que hay de diferencia entre Cicerón y Publilio? Yo creo que uno fue más elocuente, el otro más honesto. Pues,¿ qué puede decirse mejor que esto?:“ Por la boca de la lujuria se marchitan las murallas de Marte. Para tu paladar, el pavo cerrado se alimenta vestido con plumaje de oro babilónico, para ti la gallina númida, para ti el gallo capón; incluso la cigüeña, grata huésped peregrina, cultora de la piedad, de patas largas, castañeadora, ave exiliada del invierno, título del tiempo templado, ha hecho hace poco su nido de iniquidad en la olla.¿ Para qué te es cara la margarita, la perla índica?¿ Acaso para que la matrona, adornada con collares marinos, levante los pies indómita en lecho ajeno?¿ Para qué fin la esmeralda verde, vidrio precioso?¿ Para qué deseas los fuegos pétreos de Cartago, sino para que la probidad brille desde los carbunclos?¿ Es justo vestir a la novia con viento textil, para que se exhiba desnuda en la niebla de lino?”».
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«¿ Cuál creemos», dijo,« que es el oficio más difícil después de las letras? Yo creo que el médico y el cambista: el médico, que sabe lo que los hombrecillos tienen dentro de sus entrañas y cuándo viene la fiebre, aunque los odio muchísimo porque a menudo me ordenan preparar carne de pato; el cambista, que ve el bronce a través de la plata. Pues las bestias mudas más trabajadoras son los bueyes y las ovejas: los bueyes, por cuyo beneficio comemos pan; las ovejas, porque con su lana nos hacen gloriosos. Y es un crimen indigno que alguien coma carne de oveja y lleve túnica. Pues yo creo que las abejas son bestias divinas, que vomitan miel, aunque se dice que la traen de Júpiter; por eso, sin embargo, pican, porque dondequiera que hay dulzura, allí también encontrarás acidez». Ya estaba apartando a los filósofos del negocio, cuando empezaron a circular etiquetas en una copa, y el muchacho encargado de este oficio recitó los regalos:« Plata malvada»: se trajo un jamón, sobre el cual estaban puestos unos vinagreros.« Cojín»: se trajo un trozo de carne de cuello.« Sabiduría tardía y humillación»: se dieron alimentos secos con mosto y un membrillo con una manzana.« Puerros y melocotones»: recibió un látigo y un cuchillo;« gorriones y matamoscas»: uvas pasas y miel ática.« Cena y foro»: recibió un trozo de carne y unas tablillas.« Canal y pedal»: se trajo una liebre y una sandalia.« Morena y letra»: recibió un ratón con una rana atada y un manojo de acelgas. Nos reímos durante mucho tiempo: hubo seiscientas cosas de este tipo que ya se han escapado de mi memoria.
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Por lo demás, Asciltos, de intemperante licencia, mientras se burlaba de todo con las manos levantadas y se reía hasta las lágrimas, uno de los libertos de Trimalción se encendió, el mismo que estaba reclinado sobre mí, y dijo:«¿ De qué te ríes, carnero?¿ Acaso no te gustan los lujos de mi señor? Pues tú eres más afortunado y sueles convidar mejor. Que la tutela de este lugar me sea propicia, si yo estuviera reclinado junto a él, ya le habría hecho balar. Qué buen fruto, el que se ríe de los demás; un fugitivo de los lares, no sé quién, nocturno, que no puede ni con su propia orina. En resumen, si le orino encima, no sabrá por dónde huir.¡ Por Hércules que no suelo calentarme rápido, pero en la carne blanda nacen gusanos! Se ríe.¿ Qué tiene para reírse?¿ Acaso su padre compró su prole con dinero? Eres caballero romano: y yo hijo de rey.“¿ Por qué, pues, fuiste esclavo?”. Porque yo mismo me entregué a la esclavitud y preferí ser ciudadano romano que tributario. Y ahora espero vivir de tal manera que no sea motivo de burla para nadie. Soy un hombre entre hombres, camino con la cabeza descubierta; no debo a nadie ni un as de bronce; nunca he tenido un acuerdo; nadie me ha dicho en el foro“ devuelve lo que debes”. He comprado terrones, he preparado laminitas; alimento a veinte estómagos y a un perro; he rescatado a mi compañera, para que nadie se limpiara las manos en su seno; pagué mil denarios por su cabeza; me he hecho sevir gratis; espero morir de tal manera que, muerto, no me sonroje.¿ Tú, en cambio, eres tan trabajador que no miras detrás de ti? En otro ves el piojo, en ti no ves la garrapata. Solo a ti le parecemos ridículos; mira a tu maestro, un hombre mayor: le agradamos. Tú, lactante, no murmuras ni mu ni ma, vaso de barro, es más, correa en el agua, más lento, no mejor. Tú eres más afortunado: almuerza dos veces, cena dos veces. Yo prefiero mi fe a los tesoros. En resumen,¿ alguien me ha pedido algo dos veces? Durante cuarenta años fui esclavo; nadie supo, sin embargo, si era esclavo o libre. Y vine a esta colonia como un muchacho de pelo largo; aún no se había construido la basílica. Sin embargo, me esforcé por satisfacer a mi señor, un hombre mayor y dignísimo, cuya uña valía más que tú entero. Y tenía en casa quien me pusiera el pie aquí y allá; sin embargo— gracias a su genio— salí a flote. Estos son los verdaderos triunfos; pues nacer libre es tan fácil como acercarse aquí.¿ Por qué ahora te quedas estupefacto como un macho cabrío en un campo de almortas?»
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Tras este dicho, Gitón, que estaba a los pies, soltó la risa que desde hacía tiempo contenía, incluso de forma indecente. Cuando el adversario de Asciltos se dio cuenta, dirigió el insulto al muchacho y dijo:«¿ Tú también te ríes, cebolla rizada?¡ Oh Saturnales, pregunto, es el mes de diciembre?¿ Cuándo pagaste la vigésima? No sabe qué hacer, despojo de cruz, comida de cuervos. Me encargaré de que Júpiter esté enfadado contigo, y ese que no te manda. Que me sacie de pan, que yo le regalo eso a mi liberto; de lo contrario, ya te habría respondido en el presente. Estamos bien, pero esas tonterías, las que no te mandan. Claramente, tal señor, tal esclavo. Apenas me contengo, y no soy de naturaleza caliente, pero cuando empiezo, no doy ni dos centavos por mi madre. Bien, te veré en público, ratón, es más, tubérculo de la tierra: no crezco ni arriba ni abajo si no te arrojo a una hoja de ruda, y no te perdonaré, aunque por Hércules llames a Júpiter Olímpico. Me encargaré de que esa melena de medio pie y tu señor de dos centavos te queden lejos. Bien, caerás bajo el diente: o no me conozco, o no te burlarás, aunque tengas barba de oro. Que Atenea esté enfadada contigo, me encargaré, y quien te hizo primero. No he aprendido geometrías, críticas y tonterías ilógicas, pero sé letras lapidarias, digo las partes a cien, al bronce, al peso, a la moneda. En resumen, si quieres algo, tú y yo una apuesta: sal, traigo el dinero. Ya sabrás que tu padre perdió los honorarios, aunque sepas retórica. Mira:“¿ Quién de nosotros viene de lejos, viene de cerca? Resuélveme”. Te diré quién de nosotros corre y no se mueve del sitio; quién de nosotros crece y se hace menor. Corres, te quedas estupefacto, te afanas, como un ratón en un orinal. Por tanto, o cállate o no molestes a uno mejor, que no te considera nacido; a menos que creas que me importan los anillos de boj que le robaste a tu amiga. Que el dios de los ladrones sea propicio. Vamos al foro y pidamos dinero prestado: ya sabrás que este hierro tiene fe. Vaya, qué cosa tan bella es una zorra mojada. Que gane dinero y que muera tan bien o que el pueblo jure por mi muerte, si no te he perseguido por todas partes con la toga al revés. Qué cosa tan bella es ese que te enseña esto, un estafador, no un maestro. Nosotros aprendimos, pues el maestro decía:“¿ Están vuestras cosas a salvo? Directo a casa; ten cuidado, no mires alrededor; ten cuidado, no insultes a un mayor. O cuenta las chozas: nadie sale por dos centavos”. Yo, porque me ves así, gracias a mi oficio doy gracias a los dioses».
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Asciltos había empezado a responder al insulto, pero Trimalción, deleitado por la elocuencia de su liberto, dijo:« Vamos, dejad las riñas. Que sea más agradable, y tú, Hermeros, perdona al jovencito. Le hierve la sangre, tú sé mejor. Siempre en este asunto, el que vence, vence. Y tú, cuando eras un capón, eras un capón y no tenías corazón. Seamos, pues, lo que es mejor, alegres desde las primicias y veamos a los homeristas». La facción entró al instante y golpeó los escudos con las lanzas. El propio Trimalción se sentó en el cojín, y mientras los homeristas hablaban en versos griegos, como suelen hacer insolentemente, él leía el libro con voz sonora en latín. Pronto, hecho el silencio, dijo:«¿ Sabéis qué historia representan? Diomedes y Ganimedes fueron dos hermanos. Su hermana era Helena. Agamenón la raptó y puso una cierva en lugar de Diana. Así ahora Homero dice cómo luchan entre sí los troyanos y los parentinos. Venció, por supuesto, y dio a su hija, Ifigenia, como esposa a Aquiles. Por esa razón Áyax enloquece y al instante explicará el argumento». Como dijo esto Trimalción, los homeristas levantaron un clamor, y entre la familia que corría de un lado a otro, se trajo un ternero cocido en una bandeja, y además con casco. Siguió Áyax y, con la espada desenvainada, como si estuviera loco, lo cortó, y gesticulando unas veces hacia un lado y otras hacia otro, recogió los trozos con la punta de la espada y los repartió entre los asombrados.
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Y no se pudo admirar durante mucho tiempo tan elegantes trucos; pues de repente los artesonados empezaron a sonar y todo el triclinio tembló. Consternado, me levanté y temí que algún acróbata bajara por el techo. No menos los demás convidados, asombrados, levantaron el rostro, esperando qué novedad se anunciaría desde el cielo. He aquí que, abiertos los artesonados, de repente se baja un círculo inmenso, sacado evidentemente de una gran cuba, de cuyo borde colgaban coronas de oro con frascos de ungüento. Mientras se nos ordena tomar estos regalos, mirando hacia la mesa, ya estaba allí puesta una bandeja con algunos pasteles, que en medio sostenía un Príapo hecho por el panadero, y en su regazo bastante amplio sostenía frutas y uvas de todo género al modo habitual. Extendimos las manos con avidez hacia el regalo, y de repente una nueva pausa de los juegos renovó aquí la alegría. Pues todos los pasteles y todas las frutas, tocados incluso con la más mínima molestia, empezaron a derramar azafrán, y un líquido molesto salpicaba hasta nuestras caras. Pensando, pues, que era un plato sagrado rociado con tan religioso aparato, nos levantamos más alto y dijimos:«¡ Felicidades a Augusto, padre de la patria!». Sin embargo, algunos, incluso después de esta veneración, arrebataban frutas y nosotros mismos llenamos nuestras servilletas, yo especialmente, que pensaba que no cargaba el seno de Gitón con un regalo suficientemente amplio. Entre esto, tres muchachos vestidos con túnicas blancas entraron, de los cuales dos pusieron los Lares con bullas sobre la mesa, uno, circulando con una copa de vino, gritaba:«¡ Dioses propicios!». Decía, además, que uno se llamaba Cerdón, el otro Felición, el tercero Lucrión. Nosotros también nos sonrojamos de pasar por alto la verdadera imagen del propio Trimalción, cuando ya todos la besaban.
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Después, pues, de que todos desearon para sí buena mente y buena salud, Trimalción miró a Nicerote y dijo:« Solías ser más agradable en el convite; no sé por qué ahora callas y no dices ni mu. Te ruego, así me veas feliz, cuenta eso que te sucedió». Nicerote, deleitado por la afabilidad de su amigo, dijo:« Que todo lucro me pase de largo si no me deshago de alegría desde hace tiempo, porque te veo así. Así que, que sean puras alegrías, aunque temo a esos eruditos, no sea que se rían de mí. Que se rían: contaré, sin embargo: pues,¿ qué me quita el que se ríe? Es mejor ser reído que ser objeto de burla».« Dichas estas palabras», comenzó tal historia:« Cuando aún era esclavo, vivíamos en una calle estrecha; ahora es la casa de Gavila. Allí, como quieren los dioses, empecé a amar a la mujer de Terencio, el tabernero: conocíais a Melissa de Tarento, un bombón hermosísimo. Pero yo,¡ por Hércules!, no la cuidé corporalmente o por asuntos venéreos, sino más bien porque era de buen carácter. Si le pedía algo, nunca me fue negado; ganaba un as, yo tenía medio; lo que tenía, lo confiaba en su seno, y nunca fui engañado. El compañero de esta murió en la finca. Así que, por escudo y por greba, hice y maquiné cómo llegar a ella: sabéis, sin embargo, que en las dificultades aparecen los amigos.
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Por casualidad, el señor se había ido a Capua a despachar asuntos de cachivaches. Aprovechando la ocasión, convenzo a nuestro huésped de que venga conmigo hasta la quinta milla. Era, además, soldado, fuerte como el Orco. Nos escapamos alrededor del canto del gallo, la luna brillaba como al mediodía. Llegamos entre los monumentos: mi hombre empezó a hacer sus necesidades junto a las estelas, yo me senté canturreando y contando las estelas. Luego, cuando miré a mi compañero, él se desnudó y puso todas sus vestimentas junto al camino. Yo tenía el alma en la nariz, estaba como muerto. Pero él orinó alrededor de sus vestimentas y de repente se convirtió en lobo. No penséis que bromeo; por mentir, no valoro el patrimonio de nadie tanto. Pero, lo que había empezado a decir, después de que se convirtió en lobo, empezó a aullar y huyó a los bosques. Yo al principio no sabía dónde estaba, luego me acerqué para recoger sus vestimentas: pero estas se habían vuelto de piedra.¿ Quién iba a morir de miedo sino yo? Sin embargo, desenvainé la espada y fui matando sombras por todo el camino, hasta que llegué a la finca de mi amiga. Como un espectro entré, casi vomité el alma, el sudor me corría por la entrepierna, los ojos muertos, apenas me recuperé. Mi Melissa empezó a admirarse de que caminara tan tarde, y dijo:“ Si hubieras venido antes, al menos nos habrías ayudado; pues un lobo entró en la finca y mató a todo el ganado, como un carnicero les sacó la sangre. Sin embargo, no se burló, aunque huyó; pues nuestro esclavo le atravesó el cuello con una lanza”. Cuando escuché esto, no pude cerrar los ojos más, sino que a plena luz huí a la casa de nuestro Gayo como un tabernero robado, y después de que llegué a aquel lugar en el que las vestimentas se habían vuelto de piedra, no encontré nada más que sangre. Cuando, en verdad, llegué a casa, mi soldado yacía en la cama como un buey, y un médico le curaba el cuello. Comprendí que era un hombre lobo, y después no pude probar el pan con él, ni aunque me hubieras matado. Que otros vean qué opinan de esto; si miento, que vuestros genios estén enfadados».
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Atónitos de admiración, todos dijeron:“¡ Salvo sea!”, y Trimalción añadió:“ Si hay algo de fe, se me pusieron los pelos de punta, porque sé que Nicerote no cuenta tonterías: al contrario, es un hombre serio y nada charlatán. Pues yo también os contaré una historia horrible: un asno en los tejados. Cuando aún era un muchacho de pelo largo— pues desde niño llevé una vida de caprichos—, el favorito de nuestro amo murió; por Hércules, era una joya, un prodigio y un dechado de virtudes. Mientras su pobrecita madre lo lloraba y nosotros estábamos muchos en el duelo, de repente empezaron a chillar las brujas; habrías dicho que un perro perseguía a una liebre. Teníamos entonces un hombre de Capadocia, alto, muy audaz y fuerte: podía levantar a un buey enfurecido. Este, con valentía y la espada desenvainada, salió fuera de la puerta, envolviéndose cuidadosamente la mano izquierda, y atravesó a una mujer por el medio, como en este lugar— que sea salvo lo que toco—. Oímos un gemido y— no mentiré en absoluto— no vimos a las propias brujas. Nuestro fortachón, sin embargo, se arrojó dentro sobre el lecho, y tenía todo el cuerpo amoratado como si lo hubieran azotado con látigos, porque, evidentemente, lo había tocado una mano maligna. Nosotros, cerrada la puerta, volvimos a nuestra tarea, pero mientras la madre abrazaba el cuerpo de su hijo, lo toca y ve un muñeco hecho de paja. No tenía corazón, no tenía intestinos, no tenía nada: evidentemente, las brujas ya habían robado al niño y habían puesto en su lugar un sustituto de paja. Os lo ruego, debéis creerlo: existen mujeres que saben más de lo debido, existen nocturnas, y lo que está arriba, lo hacen estar abajo. Por lo demás, aquel hombre alto nunca volvió a tener su color después de este hecho; es más, a los pocos días murió frenético”.
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Nos quedamos asombrados y, al mismo tiempo, lo creemos, y besando la mesa pedimos a las nocturnas que se queden en lo suyo mientras volvemos de la cena. Y, ciertamente, ya me parecían arder más lámparas y que todo el triclinio había cambiado, cuando Trimalción dijo:“ A ti te hablo, Plocamo,¿ no cuentas nada?¿ No nos deleitas con nada? Y solías ser más agradable, cantar bellamente las farsas, añadir melodías.¡ Ay, ay, os habéis ido, dulces higos!”.“ Ya”, dijo aquel,“ mis cuadrigas han corrido diez vueltas desde que me volví gotoso. De lo contrario, cuando era jovencito, casi me vuelvo tísico de tanto cantar.¿ Qué decir de bailar?¿ Qué de las farsas?¿ Qué de la barbería?¿ Cuándo tuve un igual, sino solo a Apéletes?”. Y, puesta la mano en la boca, siseó no sé qué cosa repugnante, que después afirmaba que era griego. Y no menos Trimalción, tras haber imitado a los trompeteros, miró a su favorito, a quien llamaba Creso. El niño, sin embargo, legañoso y con los dientes muy sucios, envolvía a una perrita negra, indecente y gorda, con una faja verde, y ponía medio pan sobre el diván y, ante la náusea de la perrita, la cebaba. Advertido de su deber por esto, Trimalción ordenó traer a Scylax,“ el guardián de la casa y de la familia”. Sin demora, fue traído un perro de enorme tamaño, atado con una cadena, y advertido por una patada del portero para que se echara, se puso ante la mesa. Entonces Trimalción, lanzándole un pan blanco, dijo:“ Nadie en mi casa me quiere más”. El niño, indignado porque alabara a Scylax tan efusivamente, puso a la perrita en el suelo y la animó a que se apresurara a la pelea. Scylax, usando su instinto canino, llenó el triclinio con un ladrido espantoso y casi despedazó a Margarita, la de Creso. Y el tumulto no se detuvo dentro de la pelea, sino que el candelabro, volcado sobre la mesa, rompió todos los vasos de cristal y salpicó a algunos comensales con aceite hirviendo. Trimalción, para no parecer afectado por la pérdida, besó al niño y le ordenó subirse a su espalda. Aquel, sin dudarlo, usó al caballo y con la mano llena le golpeó repetidamente los hombros, y entre risas proclamó:“¡ Bucca, bucca, cuántos hay aquí?”. Reprimido, pues, por un tiempo, Trimalción ordenó mezclar una gran copa y repartir bebidas a todos los esclavos que estaban sentados a los pies, con la excepción añadida:“ Si alguien”, dijo,“ no quiere aceptar, échale el contenido por la cabeza. De día, seriedad; ahora, alegría”.
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A esta humanidad le siguieron los manjares, cuyo recuerdo incluso a mí, si hay alguna fe en quien habla, me ofende. Pues se sirvieron gallinas cebadas en lugar de tordos y huevos de oca con gorro, que Trimalción nos pidió con gran insistencia que comiéramos, diciendo que las gallinas estaban deshuesadas. Entre tanto, un lictor golpeó las puertas del triclinio, y un comensal entró vestido con túnica blanca y con una gran comitiva. Yo, aterrorizado por su majestad, pensé que había llegado el pretor. Por tanto, intenté levantarme y bajar mis pies descalzos al suelo. Agamenón se rió de este nerviosismo y dijo:“ Contente, hombre estupidísimo. Habinnas es sevir y también lapidario, que parece hacer monumentos excelentemente”. Recreado por estas palabras, volví a apoyar el codo y miraba con gran admiración a Habinnas que entraba. Él, sin embargo, ya borracho, había puesto sus manos sobre los hombros de su esposa, y cargado con varias coronas y con ungüento fluyendo por su frente hasta los ojos, se sentó en el lugar del pretor y pidió inmediatamente vino y agua caliente. Trimalción, deleitado por esta alegría, pidió también una copa más capaz y preguntó cómo habían sido recibidos.“ Lo tuvimos todo”, dijo,“ menos a ti; pues mis ojos estaban aquí. Y, por Hércules, estuvo bien. Escisa celebraba el novenario de su pobrecito esclavo, a quien había manumitido muerto. Y creo que tiene un gran problema con los recaudadores del impuesto del cinco por ciento; pues valoran al muerto en cincuenta mil sestercios. Pero, aun así, fue agradable, incluso si nos vimos obligados a verter la mitad de las bebidas sobre sus huesecillos”.
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“ Sin embargo”, dijo Trimalción,“¿ qué tuvisteis en la cena?”.“ Lo diré”, dijo,“ si puedo; pues tengo tan buena memoria que frecuentemente olvido mi propio nombre. Tuvimos, sin embargo, en el primer plato un cerdo coronado y alrededor pastelitos y mollejas excelentemente hechas, y ciertamente acelgas y pan integral de su propia cosecha, que yo prefiero al blanco; además, da fuerzas y, cuando hago mis asuntos, no lloro. El siguiente plato fue una tarta fría y, sobre ella, miel caliente vertida, excelente vino hispano. Por tanto, de la tarta comí al menos un poco, de la miel me harté. Alrededor, garbanzos y altramuces, a discreción de los calvos, y manzanas individuales. Yo, sin embargo, tomé dos y mira, las tengo atadas en la servilleta; pues si no llevo algún regalo a mi esclavo, tendré reproches. Bien me aconseja mi señora. En perspectiva tuvimos un trozo de carne de oso, del cual, cuando Escintila probó sin saberlo, casi vomitó sus intestinos; yo, en cambio, comí más de una libra, pues sabía al propio jabalí. Y si, digo, el oso se come al hombrecito,¿ cuánto más el hombrecito debe comerse al oso? Al final tuvimos queso tierno con mosto cocido, caracoles individuales, trozos de tripa, hígados en platillos, huevos con gorro, nabo, mostaza y un platillo con excrementos, paz, Palamedes. Incluso se sirvieron aceitunas en una bandeja, de donde algunos tomaron incluso tres puñados de forma descarada. Pues dimos permiso para llevarse los jamones. Pero dime, Gayo, te ruego,¿ por qué Fortunata no se tumba?”.
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“¿ Cómo la conoces?”, dijo Trimalción,“ a menos que haya guardado la plata, a menos que haya repartido las sobras a los esclavos, no se echará agua en la boca”.“ Pero”, respondió Habinnas,“ a menos que ella se siente, yo me largo”, y había empezado a levantarse, si no fuera porque, dada la señal, Fortunata fue llamada cuatro veces más por toda la familia. Vino, pues, ceñida con un cintillo amarillo, de modo que debajo aparecía una túnica color cereza, y tobilleras trenzadas y calzado dorado. Entonces, secándose las manos con un pañuelo que llevaba al cuello, se acerca a aquel diván en el que Escintila, la esposa de Habinnas, estaba tumbada, y tras besarla mientras aplaudía, dijo:“¿ Es a ti a quien veo?”. Se llegó entonces a que Fortunata se quitara sus brazaletes de sus gruesísimos brazos y se los mostrara a la asombrada Escintila. Por último, también se desató las tobilleras y la redecilla de oro, que decía ser de oro puro. Trimalción notó esto y ordenó traerlo todo y dijo:“¿ Veis los grilletes de la mujer? Así somos despojados nosotros, los bobos. Debe tener seis libras y media. Y yo mismo tengo, no menos, un brazalete de diez libras hecho con las milésimas de Mercurio”. Por último, también, para no parecer que mentía, ordenó traer una balanza y se hizo circular para aprobar el peso. Ni mejor Escintila, que se quitó de su cuello una cajita dorada, a la que llamaba Felicione. De allí sacó dos pendientes y se los dio a Fortunata para que los examinara a su vez, y dijo:“ Por beneficio de mi señor, nadie tiene mejores”.“¿ Qué?”, dijo Habinnas,“ me has desplumado para comprarte una haba de vidrio. Claramente, si tuviera una hija, le cortaría las orejas. Si no existieran las mujeres, tendríamos todo por barro; ahora esto es orinar caliente y beber frío”. Mientras tanto, las mujeres, heridas, se rieron entre sí y, borrachas, unieron sus besos, mientras una alardea de la diligencia de la ama de casa, la otra de los caprichos y la negligencia del marido. Y mientras están así unidas, Habinnas se levantó furtivamente y, agarrando los pies de Fortunata, los puso sobre el lecho.“¡ Au, au!”, proclamó ella con la túnica desviada sobre las rodillas. Compuesta, pues, en el regazo de Escintila, escondió su rostro encendido por el rubor con el pañuelo.
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Tras un intervalo, cuando Trimalción hubo ordenado traer los segundos platos, los esclavos retiraron todas las mesas y trajeron otras, y esparcieron serrín teñido con azafrán y minio, y, lo que nunca antes había visto, polvo triturado de piedra especular. Inmediatamente Trimalción dijo:“ Podría, ciertamente, estar contento con este plato; pues ya tenéis los segundos platos. Pero si tienes algo bueno, tráelo”. Mientras tanto, el niño alejandrino, que servía el agua caliente, empezó a imitar a los ruiseñores, mientras Trimalción gritaba de vez en cuando:“¡ Cambia!”. He aquí otro juego. El esclavo que estaba sentado a los pies de Habinnas, ordenado, creo, por su señor, proclamó de repente con voz sonora:“ Entretanto, Eneas ya sostenía el centro con su flota”. Ningún sonido más agrio golpeó jamás mis oídos; pues, además de un clamor de barbarie errante, ya fuera añadido o disminuido, mezclaba versos atelanos, de modo que entonces, por primera vez, incluso Virgilio me ofendió. Sin embargo, cuando finalmente hubo terminado, Habinnas añadió aplausos y dijo:“ Nunca aprendió, sino que yo lo educaba enviándolo a los saltimbanquis. Por tanto, no tiene igual, ya sea que quiera imitar a los muleros o a los saltimbanquis. Es desesperadamente ingenioso: es zapatero, es cocinero, es panadero, esclavo de toda musa. Sin embargo, tiene dos vicios que, si no tuviera, sería un dechado de virtudes: es circuncidado y ronca. Pues que sea estrábico, no me importa: mira como Venus. Por eso no calla nada, apenas con el ojo muerto alguna vez”.
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“ Lo compré por trescientos denarios”. Escintila interrumpió al que hablaba y dijo:“ Claramente no cuentas todas las artes del esclavo malvado. Es un agagá; pero me encargaré de que tenga una marca”. Trimalción se rió y dijo:“ Reconozco al de Capadocia: no se priva de nada, y, por Hércules, lo alabo; pues nadie hace esto por él. Tú, sin embargo, Escintila, no seas celosa. Créeme, también os conocemos a vosotras. Así me mantenga a salvo, como yo solía acostarme con mi propia ama, de modo que incluso el señor sospechaba; y por eso me relegó a la administración. Pero calla, lengua, te daré pan”. Como si hubiera sido alabado el esclavo más malvado, sacó una lámpara de barro de su seno y durante más de media hora imitó a los trompeteros, con Habinnas acompañando y presionando el labio inferior con la mano. Por último, también salió al medio y, unas veces con cañas agitadas imitó a los flautistas, otras, vestido con la lacerna, representó las suertes de los muleros, hasta que Habinnas, llamándolo hacia sí, lo besó, le ofreció una bebida y dijo:“ Tanto mejor, Massa, hasta que te dé las botas”. Y no habría habido fin a tantos males, si no se hubiera traído el postre, tordos de harina fina rellenos de uvas pasas y nueces. Siguieron también manzanas de Cidonia clavadas con espinas, para que parecieran erizos. Y esto, ciertamente, era tolerable, si no hubiera hecho que el plato fuera mucho más monstruoso, de modo que preferiríamos morir de hambre. Pues cuando fue puesto, como pensábamos, un ganso cebado y alrededor peces y todo tipo de aves, Trimalción dijo:“ Amigos, todo lo que veis aquí puesto está hecho de un solo cuerpo”. Yo, ciertamente, hombre prudentísimo, entendí inmediatamente qué era, y mirando a Agamenón dije:“ Me extrañaría si todo eso no está hecho de estiércol o, ciertamente, de barro. Vi en Roma, en las Saturnales, que se hacía una imitación de tales cenas”.
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No había terminado mi discurso, cuando Trimalción dice:“ Así crezca en patrimonio, no en cuerpo, como que mi cocinero hizo esto de un cerdo. No puede haber hombre más valioso. Si quisieras, hará de una vulva un pez, de tocino una paloma, de jamón una tórtola, de un codillo una gallina. Y por eso, por mi ingenio, se le ha puesto un nombre bellísimo; pues se llama Dédalo. Y porque tiene buen juicio, le traje de Roma un regalo: cuchillos de hierro nórico”. Los cuales ordenó traer inmediatamente y, tras inspeccionarlos, los admiró. Incluso nos dio la potestad de probar el filo con la mejilla. De repente entraron dos esclavos, como si hubieran tenido una pelea en el lago; ciertamente aún tenían ánforas en el cuello. Cuando, pues, Trimalción dictaba justicia entre los litigantes, ninguno aceptó la sentencia del juez, sino que uno golpeó la ánfora del otro con un palo. Consternados nosotros por la insolencia de los borrachos, fijamos los ojos en los combatientes y notamos ostras y vieiras deslizándose de las fuentes, que un niño recogió y llevó alrededor en una bandeja. Estas exquisiteces las igualó el ingenioso cocinero; pues en una parrilla de plata trajo caracoles y cantó con voz temblorosa y espantosa. Me avergüenza referir lo que sigue: pues, con una costumbre inaudita, niños de pelo largo trajeron ungüento en una palangana de plata y ungieron los pies de los que estaban tumbados, después de haber atado sus piernas y tobillos con guirnaldas. De aquí, del mismo ungüento, se vertió un poco en la vinajera y en la lámpara. Ya Fortunata había empezado a querer bailar, ya Escintila aplaudía más frecuentemente de lo que hablaba, cuando Trimalción dijo:“ Permito, Filargiro y Cario, aunque seas un famoso partidario de los verdes, di también a Menófila, tu compañera, que se siente”.¿ Qué más? Casi fuimos arrojados de los lechos, tanto había ocupado el triclinio la familia. Ciertamente, noté sobre mí al cocinero, que había hecho un ganso del cerdo, apestando a salmuera y condimentos. Y no se contentó con tumbarse, sino que inmediatamente empezó a imitar al actor trágico Éfeso y a provocar a su señor con una apuesta:“ si el verde en los próximos juegos del circo gana la primera palma”.
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Trimalción, difundido por esta contienda, dijo:“ Amigos, también los esclavos son hombres y bebieron igualmente la misma leche, incluso si un mal destino los oprimió. Sin embargo, estando yo a salvo, pronto probarán el agua libre. En resumen, a todos ellos los manumito en mi testamento. A Filargiro también le lego un fundo y a su compañera, a Cario también una casa, el cinco por ciento y un lecho hecho. Pues hago a mi Fortunata heredera, y la encomiendo a todos mis amigos. Y hago público todo esto, para que mi familia me ame ya desde ahora como si estuviera muerto”. Todos habían empezado a dar gracias por la indulgencia del señor, cuando él, olvidado de las tonterías, ordenó traer una copia del testamento y lo leyó todo desde el principio hasta el final, mientras la familia gemía. Mirando después a Habinnas, dijo:“¿ Qué dices, amigo queridísimo?¿ Construyes mi monumento como te ordené? Te ruego encarecidamente que pongas a los pies de mi estatua a la perrita, y guirnaldas y ungüentos y todas las batallas de Petraites, para que me suceda, por tu beneficio, vivir después de la muerte; además, que tenga cien pies de frente y doscientos pies de fondo. Pues quiero que haya todo tipo de árboles frutales alrededor de mis cenizas, y abundancia de viñedos. Pues es muy falso que, mientras vivimos, las casas sean cultivadas, y no se cuiden donde debemos habitar por más tiempo. Y por eso, ante todo, quiero que se añada:' Este monumento no sigue al heredero'”. Por lo demás, tendré cuidado de prevenir en el testamento que, muerto, no reciba injuria. Pues pondré a uno de mis libertos ante mi sepulcro por causa de custodia, para que el pueblo no corra a cagar en mi monumento. Te ruego que hagas también naves en mi monumento yendo con las velas desplegadas, y a mí sentado en el tribunal, vestido con la pretexta, con cinco anillos de oro y arrojando monedas al público desde una bolsa; pues sabes que di un banquete de dos denarios. Que se haga, si te parece, también los triclinios. Haz también a todo el pueblo pasándolo bien. A mi derecha pongas la estatua de mi Fortunata sosteniendo una paloma: y que lleve a la perrita atada con una correa: y a mi niño, y ánforas copiosas selladas con yeso, para que no se escape el vino. Y puedes esculpir una urna, aunque esté rota, y sobre ella un niño llorando. Un reloj en el medio, para que quienquiera que mire las horas, quiera o no, lea mi nombre. Mira también cuidadosamente la inscripción, si esta te parece suficientemente adecuada:“ Cayo Pompeyo Trimalción Mecenaciano descansa aquí. Se le decretó el sevirato en ausencia. Aunque podía estar en todas las decurias de Roma, sin embargo no quiso. Piadoso, fuerte, fiel, creció desde poco, dejó trescientos millones de sestercios, y nunca escuchó a un filósofo. Adiós: y tú””.
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Como dijo esto Trimalción, empezó a llorar abundantemente. Lloraba también Fortunata, lloraba también Habinnas, toda la familia finalmente, como si hubiera sido llamada a un funeral, llenó el triclinio con lamentaciones. Es más, ya había empezado yo también a llorar, cuando Trimalción dijo:“ Por tanto, como sabemos que vamos a morir,¿ por qué no vivimos? Así os vea felices, arrojémonos al baño, bajo mi riesgo, no os arrepentiréis. Está tan caliente como un horno”.“ Verdad, verdad”, dijo Habinnas,“ hacer dos días de uno, nada prefiero”, y se levantó con los pies descalzos y empezó a seguir a Trimalción que aplaudía. Yo, mirando a Ascilto, dije:“¿ Qué piensas? Pues yo, si veo el baño, moriré inmediatamente”.“ Estemos de acuerdo”, dijo él,“ y mientras ellos buscan el baño, salgamos nosotros entre la multitud”. Cuando esto hubo complacido, guiándonos Gitón por el pórtico, llegamos a la puerta, donde el perro guardián nos recibió con tal tumulto que Ascilto incluso cayó en la piscina. Y no menos yo también, borracho, que incluso había temido al perro pintado, mientras ofrezco ayuda al que nadaba, fui arrastrado al mismo abismo. Nos salvó, sin embargo, el portero, que con su intervención calmó al perro y nos sacó temblando a lo seco. Y Gitón, ciertamente, ya desde hacía tiempo se había redimido del perro con la razón más aguda; pues todo lo que había recibido de nosotros de la cena, lo había esparcido al que ladraba, y aquel, distraído por la comida, había suprimido su furor. Por lo demás, cuando, helados, pedimos al portero que nos dejara salir fuera de la puerta, dijo:“ Te equivocas si piensas que puedes salir por aquí por donde viniste. Nadie de los comensales ha sido dejado salir jamás por la misma puerta; por una entran, por otra salen”.¿ Qué haremos, hombres miserables e incluidos en un laberinto de nuevo género,
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¿ para quienes lavarse había empezado a ser un deseo? Voluntariamente, pues, pedimos que nos llevara al baño, y arrojadas las vestiduras, que Gitón empezó a secar en la entrada, entramos al baño, estrecho, ciertamente, y parecido a una cisterna de agua fría, en el que Trimalción estaba de pie. Y ni siquiera así se pudo escapar de su asquerosísima jactancia; pues decía que nada era mejor que lavarse sin multitud, y que en ese mismo lugar alguna vez había habido un molino. Después, cuando cansado se sentó, invitado por el sonido del baño, se estiró hasta la bóveda con un borracho y empezó a destrozar las canciones de Menécrates, como decían aquellos que entendían su lengua. Los otros comensales corrían alrededor del borde con las manos unidas y resonaban con un grito enorme de risa. Otros, sin embargo, o con las manos restringidas intentaban levantar anillos del pavimento o, puesta la rodilla, doblar el cuello detrás de la espalda y tocar los extremos de los dedos de los pies. Nosotros, mientras otros se hacen juegos, descendimos al solio que se vaporaba para Trimalción. Por tanto, disipada la embriaguez, fuimos llevados a otro triclinio, donde Fortunata había dispuesto sus exquisiteces de tal modo que noté sobre las lámparas pescadores de bronce y mesas todas de plata y copas alrededor de barro dorado y vino a la vista fluyendo por un saco. Entonces Trimalción dijo:“ Amigos, hoy mi esclavo hizo la barbería, hombre, sin mal de ojo, ahorrador y cuidadoso. Por tanto, hagamos una borrachera y cenemos hasta el amanecer”.
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Diciendo esto él, cantó un gallo. Confundido por esta voz, Trimalción ordenó verter el vino bajo la mesa y rociar incluso la lámpara con vino puro. Es más, se pasó un anillo a la mano derecha y dijo:“ No sin causa este trompetero dio la señal; pues o debe haber un incendio, o alguien en la vecindad dejará el alma. Lejos de nosotros. Por tanto, quienquiera que traiga este indicador, recibirá una propina”. Dicho esto, más rápido que la palabra, fue traído un gallo de la vecindad, al que Trimalción ordenó matar, para que fuera cocinado en el caldero. Despedazado, pues, por aquel doctísimo cocinero, que poco antes había hecho aves y peces del cerdo, fue arrojado a la olla. Y mientras Dédalo bebe la bebida hirvientísima, Fortunata trituró pimienta con un molino de boj. Tomados, pues, los manjares, mirando a la familia, Trimalción dijo:“¿ Por qué vosotros aún no habéis cenado? Idos, para que otros vengan a su tarea”. Subió, pues, otra clase, y aquellos, ciertamente, exclamaron:“ Adiós, Gayo”, estos, sin embargo:“ Ave, Gayo”. De aquí, por primera vez, nuestra alegría fue turbada; pues cuando un niño no poco agraciado hubo entrado entre los nuevos ministros, Trimalción lo invadió y empezó a besarlo durante mucho tiempo. Por tanto, Fortunata, para aprobar que el derecho era firme por igual, empezó a maldecir a Trimalción y a proclamarlo un desecho y una deshonra, que no contenía su libido. Por último, también añadió:“ perro”. Trimalción, por el contrario, ofendido por el insulto, lanzó la copa a la cara de Fortunata. Ella, como si hubiera perdido un ojo, exclamó y llevó sus manos temblorosas a su cara. Consternada estuvo también Escintila y la cubrió temblorosa en su seno. Es más, el niño también, oficioso, acercó un jarro frío a su mejilla, sobre el cual, apoyándose, Fortunata empezó a gemir y a llorar. Por el contrario, Trimalción dijo:“¿ Qué, pues? La ambubaia no recuerda, pero levanté aquella máquina, hice un hombre entre los hombres. Pero se infla como una rana, y no escupe en su seno, no es mujer. Pero este, que nació en una pérgola, no sueña con casas. Así tenga a mi genio propicio, me encargaré de que sea domada la Casandra de botas. Y yo, hombre de dos centavos, pude recibir cien millones de sestercios. Sabes que no miento. Agatón, el perfumista de la señora vecina, me sedujo y dijo:' Te aconsejo que no permitas que tu linaje perezca'. Pero yo, mientras hago el bondadoso y no quiero parecer voluble, me clavé el hacha en la pierna. Correcto, me encargaré de que me busques con las uñas. Y para que entiendas de presente qué te has hecho: Habinnas, no quiero que pongas su estatua en mi monumento, para que ni muerto tenga pleitos. Es más, para que sepa que puedo hacer el mal, no quiero que me bese muerto”.
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Después de este rayo, Habinnas empezó a rogar que ya dejara de enfadarse y dijo:“ Nadie de nosotros no peca. Somos hombres, no dioses”. Lo mismo dijo también Escintila llorando y, llamándolo Gayo por su genio, empezó a rogar que se ablandara. Trimalción no contuvo más las lágrimas y dijo:“ Ruego, Habinnas, así disfrutes de tu peculio: si hice algo mal, escúpeme en la cara. Besé al niño más ahorrador, no por su forma, sino porque es ahorrador: dice diez partes, lee un libro a primera vista, se hizo una armadura tracia de sus dietas, se preparó un sillón de lo suyo y dos trullas.¿ No es digno de que lo lleve en los ojos? Pero Fortunata lo prohíbe.¿ Así te parece, patilarga? Te aconsejo que digas tu bien, milano, y no me hagas gruñir, amiguita: de lo contrario experimentarás mi cerebro. Me conoces: lo que una vez destiné, está fijado con un clavo de carpintero. Pero recordemos a los vivos. Os ruego, amigos, que estéis a gusto. Pues yo también fui como vosotros sois, pero por mi virtud llegué a esto. Es el cerebrito lo que hace a los hombres, lo demás son todas chucherías.' Bien compro, bien vendo'; otro os dirá otras cosas. Estallo de felicidad.¿ Tú, sin embargo, roncadora, todavía lloras? Ya me encargaré de que llores tu destino. Pero, como había empezado a decir, a esta fortuna me llevó mi frugalidad. Tan grande vine de Asia como este candelabro es. En resumen, diariamente solía medirme con él, y para tener más rápido el rostro barbado, ungía mis labios con la lámpara. Sin embargo, fui durante catorce años el favorito de mi señora. Y no es vergonzoso lo que el señor ordena. Yo, sin embargo, también satisfacía a mi señora. Sabéis lo que digo: callo, porque no soy de los gloriosos”.
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Por lo demás, como los dioses quieren, me hice señor en la casa, y he aquí que tomé el cerebrito de mi amo.¿ Qué más? Me hizo coheredero con César, y recibí un patrimonio de laticlavio. Sin embargo, para nadie nada es suficiente. Deseé negociar. Para no demoraros con muchas cosas, construí cinco naves, cargué vino— y entonces era contra oro— y lo envié a Roma. Habrías pensado que yo había ordenado esto: todas las naves naufragaron, hecho, no fábula. En un día Neptuno devoró trescientos millones de sestercios.¿ Pensáis que desfallecí? No, por Hércules, esta pérdida no fue de mi gusto, como si nada hubiera pasado. Hice otras mayores y mejores y más felices, de modo que nadie no dijera que yo era un hombre fuerte. Sabéis, una gran nave tiene una gran fortaleza. Cargué de nuevo vino, tocino, habas, perfumes, esclavos. En este lugar Fortunata hizo una cosa piadosa; pues vendió todo su oro, todas sus vestiduras y me puso cien áureos en la mano. Este fue el fermento de mi peculio. Pronto sucede lo que los dioses quieren. En un solo viaje redondeé cien millones de sestercios. Inmediatamente redimí todos los fundos que habían sido de mi patrón. Construyo una casa, compro bestias de carga; lo que tocaba, crecía como un panal. Después de que empecé a tener más de lo que toda mi patria tiene, mano fuera de la tabla: me retiré de la negociación y empecé a prestar dinero a los libertos. Y, ciertamente, a no querer yo hacer mi negocio me exhortó un matemático, que había venido por casualidad a nuestra colonia, un grecuelo, de nombre Serapa, consejero de los dioses. Este me dijo incluso aquellas cosas que había olvidado; desde el hilo y la aguja me expuso todo; conocía mis intestinos; solo que no me había dicho qué había cenado el día anterior. Habrías pensado que siempre había vivido conmigo.
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Ruego, Habinnas— creo que estuviste presente—:' Tú hiciste a tu señora de aquellas cosas. Tú eres poco feliz en los amigos. Nadie te devuelve jamás igual gratitud. Tú posees latifundios. Tú nutres una víbora bajo el ala' y, lo que no os habría dicho, y ahora me restan de vida treinta años y cuatro meses y dos días. Además, pronto recibiré una herencia. Esto me dice mi destino. Que si sucede unir los fundos de Apulia, habré llegado vivo suficientemente. Entretanto, mientras Mercurio vigila, construí esta casa. Como sabéis, era una casita; ahora es un templo. Tiene cuatro comedores, veinte dormitorios, dos pórticos marmolados, un comedor arriba, el dormitorio en el que yo mismo duermo, el aposento de esta víbora, la celda del portero muy buena; el hospicio acoge a los huéspedes. En resumen, Escauro cuando viene aquí, a ningún lugar prefirió hospedarse, y tiene un hospicio paterno junto al mar. Y hay muchas otras cosas que os mostraré inmediatamente. Creedme: si tienes un as, vales un as; tienes, serás tenido. Así vuestro amigo, que fue una rana, ahora es un rey. Entretanto. Estico, trae las ropas mortuorias, en las que quiero ser llevado. Trae también ungüento y una muestra de aquella ánfora, de la cual ordeno que se laven mis huesos”.
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No se demoró Estico, sino que trajo tanto la sábana blanca como la pretexta al triclinio y nos ordenó probar si estaban hechas con buenas lanas. Entonces, sonriendo, dijo:“ Mira tú, Estico,¿ no sea que los ratones o las polillas toquen esto? De lo contrario, te quemaré vivo. Quiero ser llevado glorioso, para que todo el pueblo me desee bien”. Inmediatamente abrió una ampolla de nardo y nos ungió a todos y dijo:“ Espero que suceda que me sirva muerto igual que vivo”. Pues el vino, ciertamente, ordenó verterlo en la vinajera y dijo:“ Pensad que habéis sido invitados a mis funerales”. La cosa iba a la náusea máxima, cuando Trimalción, pesado por una embriaguez asquerosísima, ordenó traer un nuevo espectáculo, trompeteros, y apoyado por muchos cojines se extendió sobre el diván extremo y dijo:“ Fingid que estoy muerto. Decid algo bueno”. Los trompeteros sonaron con estrépito fúnebre. Un esclavo, especialmente, de aquel empresario de pompas fúnebres, que entre estos era el más honesto, tronó tan fuertemente que agitó a toda la vecindad. Por tanto, los vigilantes, que custodiaban la región vecina, pensando que la casa de Trimalción ardía, rompieron la puerta de repente y empezaron a hacer tumulto con agua y hachas por su propio derecho. Nosotros, habiendo encontrado la ocasión más oportuna, engañamos a Agamenón y huimos apresuradamente tan claramente como de un incendio.
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No había ninguna antorcha en el puesto de guardia que iluminara el camino a los errantes, ni el silencio de la noche, ya avanzada, prometía la luz de alguien que se cruzara en nuestro camino. A esto se añadía la embriaguez y el desconocimiento de unos lugares que habrían sido peligrosos incluso de día. Así pues, después de haber arrastrado nuestros pies ensangrentados durante casi una hora por entre todas las piedras y los fragmentos de rocas sobresalientes, al fin nos salvamos gracias a la agudeza de Gitón. Pues él, previsor, el día anterior, cuando incluso a plena luz temía perderse, había marcado con tiza todos los pilares y columnas, y estas marcas vencieron la negrura más espesa y mostraron el camino a los errantes con su notable blancura. Aunque no pasamos menos sudores incluso después de haber llegado a la posada. Pues la propia anciana, que había estado bebiendo demasiado tiempo entre los huéspedes, no habría sentido ni siquiera si le hubieran acercado fuego. Y tal vez habríamos pasado la noche en el umbral si no hubiera intervenido el correo de Trimalción, rico en diez vehículos. Así pues, tras armar un alboroto no muy largo, derribó la puerta de la posada y nos dejó entrar por ella...«¡ Qué noche fue aquella, dioses y diosas, qué lecho tan blando! Nos abrazamos acalorados y nos transmitimos de labios a labios nuestras almas errantes. Adiós, preocupaciones de los mortales. Así empecé a perecer». Me felicito sin motivo. Pues cuando, liberado por el vino, hube relajado mis manos embriagadas, Ascilto, inventor de toda injuria, me robó al muchacho durante la noche y lo trasladó a su lecho, y tras retozar con más libertad con un hermano que no era suyo, ya fuera porque no sentía la injuria o porque la disimulaba, se quedó dormido en brazos ajenos, olvidado de la ley humana. Así pues, yo, al despertar y palpar el lecho despojado de mi alegría, si es que existe alguna lealtad entre los amantes, dudé si atravesar a ambos con la espada y unir el sueño con la muerte. Luego, siguiendo un consejo más seguro, desperté a Gitón a latigazos, pero a Ascilto, mirándolo con rostro feroz, le dije:« Puesto que has violado la lealtad con tu crimen y la amistad común, recoge tus cosas rápidamente y busca otro lugar al que corromper». Él no se resistió, pero después de que repartimos el botín de buena fe,
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« Vamos», dijo,« ahora dividamos también al muchacho». Pensé que bromeaba al marcharse. Pero él desenvainó la espada con mano parricida y dijo:« No disfrutarás de este botín sobre el que te abalanzas tú solo. Es necesario que, aunque sea con esta espada, corte mi parte, despreciado». Yo hice lo mismo por mi parte y, envolviéndome el manto alrededor del brazo, preparé el paso para luchar. En medio de esta demencia de miserables, el infelicísimo muchacho tocaba las rodillas de ambos entre llantos y pedía suplicante que una humilde taberna no fuera testigo de una pareja tebana, ni que mancháramos con sangre mutua los sagrados vínculos de una amistad tan ilustre.« Pero si de todos modos», proclamaba,« es necesario un crimen, aquí tenéis mi cuello desnudo, dirigid aquí vuestras manos, hundid los aceros. Yo debo morir, que he destruido el sacramento de la amistad». Detuvimos el hierro tras estas súplicas, y Ascilto, el primero, dijo:« Yo pondré fin a la discordia. Que el propio muchacho siga a quien quiera, para que al menos le quede a salvo la libertad al elegir hermano». Yo, que pensaba que una costumbre antiquísima se había convertido en un vínculo de sangre, no temí nada; es más, acepté la condición con precipitada urgencia y confié el litigio al juez. Este ni siquiera deliberó, para no parecer que dudaba, sino que inmediatamente, al terminar la última parte de la palabra, se levantó y eligió como hermano a Ascilto. Fulminado por esta sentencia, tal como estaba, sin espada, caí sobre el lecho, y me habría dado muerte, condenado, si no hubiera sentido envidia de la victoria de mis enemigos. Ascilto sale orgulloso con su premio y abandona, arrojado en un lugar extranjero, a quien poco antes le era carísimo como compañero de armas e igual incluso en la semejanza de fortuna.« El nombre de la amistad se aferra así, mientras conviene; el cálculo mueve su obra sobre el tablero. Mientras dura la fortuna, conserváis el rostro, amigos; cuando cae, volvéis el rostro en vergonzosa huida. El grupo representa un mimo en escena: a aquel se le llama padre, a este hijo, aquel otro tiene el nombre de rico. Pronto, cuando la página ha cerrado las partes dignas de risa, vuelve el verdadero rostro, mientras lo simulado perece».
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Sin embargo, no me entregué a las lágrimas por mucho tiempo, sino que, temiendo que Menelao, el ayudante del maestro, me encontrara solo en la posada entre otros males, recogí mis bultos y alquilé, triste, un lugar secreto y cercano a la orilla. Allí, encerrado durante tres días, al volver a mi mente la soledad y el desprecio, golpeaba mi pecho enfermo con lamentos y, entre tantos gemidos profundísimos, frecuentemente proclamaba también:«¿ Así pues, no pudo la ruina de la tierra tragarme?¿ Ni el mar, irritado incluso contra los inocentes?¿ He evadido el juicio, he engañado a la arena, he matado a un huésped, para que entre tantos nombres de audacia yazca abandonado como un mendigo, un exiliado, en la posada de una ciudad griega?¿ Y quién me ha impuesto esta soledad? Un adolescente impuro por toda lujuria y digno de exilio incluso por su propia confesión, libre por el estupro, ingenuo por el estupro, cuyos años se vendieron al mejor postor, a quien incluso quien lo creyó hombre condujo como a una muchacha.¿ Qué hay de aquel otro? El que tomó la estola como si fuera el día de la toga viril, el que fue persuadido por su madre para no ser hombre, el que hizo trabajo de mujer en el ergástulo, el que, después de que arruinó y cambió el suelo de su propia lujuria, abandonó el nombre de la antigua amistad y,¡ qué vergüenza!, como una mujerzuela vendió todo con el tacto de una noche. Yacen ahora los amantes atados noches enteras, y tal vez, desgastados por mutuas lujurias, se burlan de mi soledad. Pero no quedará impune. Pues o no soy un hombre libre, o con sangre nociva ofreceré un sacrificio a mi injuria».
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Dicho esto, me ciño la espada al costado y, para que la debilidad no arruinara mi milicia, estimulo mis fuerzas con alimentos más abundantes. Pronto salto a la vía pública y, a la manera de un furioso, recorro todos los pórticos. Pero mientras con rostro atónito y salvaje no pienso en otra cosa que en matanza y sangre y llevo más frecuentemente la mano a la empuñadura que había consagrado, me observó un soldado, ya fuera un estafador o un salteador nocturno, y dijo:«¿ Qué haces tú, compañero, de qué legión eres o de qué centuria?». Cuando hube mentido con la mayor firmeza tanto la centuria como la legión,« Vamos, pues», dijo él,«¿ en vuestro ejército andan soldados con sandalias?». Cuando luego, por mi rostro y por la propia trepidación, hube traicionado la mentira, me ordenó dejar las armas y cuidarme de un mal. Despojado, pues, o mejor dicho, frustrada mi venganza, me dirijo de vuelta a la posada y, relajada poco a poco mi temeridad, comencé a dar gracias a la audacia del salteador:« No beberá entre las aguas ni recogerá las frutas pendientes el infeliz Tántalo, a quien sus propios deseos oprimen. Este será el rostro de un gran rico, que teme viendo todo y digiere el hambre con la boca seca». No conviene confiar mucho en el consejo, porque la fortuna tiene su propia razón.
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Llegué a una pinacoteca maravillosa por el género variado de sus cuadros. Pues vi las manos de Zeuxis, aún no vencidas por la injuria de la vejez, y examiné con cierto horror los rudimentos de Protógenes, que competían con la verdad de la propia naturaleza. Pero ya, incluso adoré la que llaman de Apeles, la monocroma. Pues con tanta sutileza los extremos de las imágenes estaban trazados hasta la semejanza, que creerías que había también pintura de las almas. Por un lado, el águila, sublime en el cielo, se llevaba a Ideo; por otro, el cándido Hilas rechazaba a la impúdica Náyade. Apolo condenaba sus manos nocivas y honraba con la flor recién nacida la lira deshecha. Entre ellos, al ver los rostros de los pintores amantes, exclamé como en soledad:« Así pues, el amor toca incluso a los dioses. Júpiter no encontró en su cielo qué amar, pero, a punto de pecar en la tierra, no hizo daño a nadie. La ninfa que se apoderó de Hilas habría templado su amor si hubiera creído que Hércules vendría al interdicto. Apolo revocó la sombra del muchacho en una flor, y todas las fábulas tuvieron también abrazos sin rival. Pero yo recibí en mi sociedad a un huésped más cruel que Licurgo». Pero he aquí que, mientras yo disputaba con los vientos, entró en la pinacoteca un anciano canoso, de rostro ejercitado y que parecía prometer no sé qué gran cosa, pero no tan vistoso en su atuendo, de modo que fácilmente aparecía que era un letrado de esa clase que los ricos suelen odiar. Este, pues, se detuvo a mi lado y dijo:« Yo soy poeta y, como espero, no de espíritu bajísimo, si es que hay que creer algo en las coronas, que la gracia suele otorgar incluso a los inmerecedores.¿ Por qué, pues, dices, estás tan mal vestido?». Por esto mismo. El amor al ingenio nunca hizo rico a nadie.« Quien se fía del mar, se eleva con gran interés; quien busca batallas y campamentos, se ciñe de oro; el vil adulador yace ebrio con púrpura pintada, y quien solicita a las casadas, peca por recompensas: solo la elocuencia se estremece con harapos helados e invoca con lengua indigente a las artes abandonadas».
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Sin duda es así: si alguien, enemigo de todos los vicios, ha comenzado a insistir en el camino recto de la vida, primero tiene odio debido a la diferencia de costumbres;¿ pues quién puede aprobar lo diverso? Luego, los que solo se preocupan por construir riquezas, no quieren que se crea que hay nada mejor entre los hombres que lo que ellos poseen. Insectan, pues, por cualquier razón que pueden, a los amantes de las letras, para que parezca que ellos también están situados por debajo del dinero.« No sé cómo la pobreza es hermana de la buena mente».« Quisiera que fuera tan inocente enemiga de mi frugalidad que pudiera ser calmada. Ahora es un ladrón veterano y más docto que los propios alcahuetes».
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« Cuando fui llevado a Asia con un cuestor por mi estipendio, recibí hospitalidad en Pérgamo. Donde, como viviera a gusto no solo por el cultivo de las pequeñas casas, sino también por el hermosísimo hijo del huésped, ideé una razón por la cual no fuera yo un amante sospechoso para el padre de familia. Pues cuantas veces en el banquete se hizo mención sobre el uso de los hermosos, me enfurecí tan vehementemente, con tan severa tristeza no quise que mis oídos fueran violados por un discurso obsceno, que la madre me miraba especialmente como a uno de los filósofos. Ya yo había comenzado a llevar al efebo al gimnasio, yo a ordenar sus estudios, yo a enseñar y a prevenir, para que ningún depredador del cuerpo fuera admitido en la casa». Por casualidad, mientras yacíamos en el triclinio, porque un día solemne había estrechado el juego e impuesto la pereza de retirarse una alegría más larga, casi alrededor de la medianoche comprendí que el muchacho estaba despierto. Así pues, con un murmullo muy tímido hice un voto y dije:« Señora Venus, si yo beso a este muchacho, de tal manera que él no lo sienta, mañana le daré un par de palomas». Escuchado el precio del placer, el muchacho comenzó a roncar. Así pues, habiéndome acercado, invadí al que simulaba con algunos besitos. Contento con este principio, me levanté muy temprano y traje el par de palomas elegido al que esperaba y me liberé del voto.
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La noche siguiente, cuando era lícito lo mismo, cambié la opción y dije:« Si trato a este con mano impúdica, y él no lo siente, daré dos gallos de pelea muy combativos al paciente». Ante este voto, el efebo se acercó voluntariamente y, creo, comenzó a temer que yo me quedara dormido. Me entregué, pues, al solícito, y con todo mi cuerpo, más allá de la suma voluptuosidad, me engullí. Luego, cuando llegó el día, traje al que se alegraba todo lo que había prometido. Cuando la tercera noche dio licencia, me levanté al oído del que dormía mal y dije:« Dioses inmortales, si yo le arrebato a este que duerme un coito pleno y deseable, por esta felicidad mañana daré al muchacho un asturcón macedónico óptimo, con esta excepción, sin embargo, si él no lo siente». Nunca el efebo se quedó dormido con sueño más profundo. Así pues, primero llené mis manos con sus pechos lactantes, pronto me adherí con un beso, luego uní todos los votos en uno. Por la mañana comenzó a sentarse en el cubículo y a esperar mi costumbre. Sabes cuánto más fácil es comprar palomas y gallos de pelea que un asturcón, y además de esto también temía que un regalo tan grande hiciera sospechosa mi humanidad. Yo, habiendo paseado algunas horas, volví a la posada y no hice otra cosa que besar al muchacho. Pero él, mirando alrededor mientras unía mi cuello con un abrazo, dijo:« Te ruego, señor,¿ dónde está el asturcón?»
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Como por esta ofensa me había cerrado el acceso que había hecho, volví de nuevo a la licencia. Pues, habiendo pasado pocos días, cuando un caso similar nos había devuelto a la misma fortuna, cuando comprendí que el padre roncaba, comencé a pedir al efebo que volviera a la gracia conmigo, es decir, que permitiera que se le satisficiera, y lo demás que dicta la lujuria distendida. Pero él, claramente irritado, no decía otra cosa sino esto:« O duerme, o yo ahora mismo se lo diré a mi padre». Nada es tan arduo que la impudicia no lo extorsione. Mientras dice:« Despertaré a mi padre», me introduje sin embargo y le extorsioné el gozo al que se resistía mal. Pero él, no sin deleite por mi picardía, después de que se quejó largamente de que había sido engañado y burlado y traducido entre sus condiscípulos, a quienes había alardeado de mi censo, dijo:« Sin embargo, parece que no seré como tú. Si quieres algo, hazlo de nuevo». Yo, en verdad, depuesta toda ofensa, volví a la gracia con el muchacho y, usado su beneficio, caí en el sueño. Pero el efebo de plena madurez y con años que gestaban para padecer no estuvo contento con la iteración. Así pues, me despertó dormido y dijo:«¿ Quieres algo?». Y ya no era claramente molesto el regalo. Como quiera, pues, entre jadeos y sudores triturado, recibió lo que había querido, y de nuevo caí en el sueño cansado de gozo. Pasada menos de una hora, comenzó a pincharme con la mano y a decir:«¿ Por qué no lo hacemos?». Entonces yo, tantas veces despertado, claramente me enfurecí vehementemente y le devolví sus voces:« O duerme, o yo ahora mismo se lo diré a mi padre»
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Erguido por estos discursos, comencé a consultar al más prudente sobre las edades de los cuadros y a examinar algunos argumentos oscuros para mí y al mismo tiempo la causa de la desidia presente, cuando las artes hermosísimas habían perecido, entre las cuales la pintura no había dejado ni el más mínimo rastro de sí. Entonces él dijo:« La codicia del dinero instituyó estas cosas tópicas. Pues en tiempos antiguos, cuando aún la virtud desnuda agradaba, florecían las artes ingenuas y el sumo certamen entre los hombres era que nada que fuera a aprovechar a los siglos permaneciera oculto por mucho tiempo. Así pues, Demócrito extrajo los jugos de todas las hierbas, y para que no permaneciera oculta la fuerza de las piedras y de los arbustos, consumió su edad entre experimentos. Eudoxo, en verdad, envejeció en la cima del monte más excelso para descubrir los movimientos de los astros y del cielo, y Crisipo, para que bastara para la invención, limpió su mente tres veces con eléboro. Pero, para volver a los escultores, la indigencia extinguió a Lisipo, que se adhería a los lineamientos de una sola estatua, y Mirón, que casi había comprendido las almas de los hombres y de las fieras en bronce, no encontró heredero. Pero nosotros, sumergidos en vino y prostitutas, no nos atrevemos a conocer ni siquiera las artes preparadas, sino que, acusadores de la antigüedad, solo enseñamos y aprendemos vicios.¿ Dónde está la dialéctica?¿ Dónde la astronomía?¿ Dónde el camino más culto de la sabiduría?¿ Quién vino alguna vez al templo y hizo un voto si hubiera llegado a la elocuencia?¿ Quién, si hubiera llegado a la fuente de la filosofía? Y ni siquiera piden una buena mente o una buena salud, sino que, inmediatamente antes de tocar el umbral del Capitolio, uno promete un regalo si ha enterrado a un pariente rico, otro si ha desenterrado un tesoro, otro si ha llegado a salvo a trescientos millones de sestercios. El propio senado, preceptor de lo recto y lo bueno, suele prometer mil libras de oro al Capitolio, y para que nadie dude en codiciar el dinero, adorna también a Júpiter con un peculio. No te maravilles, pues, si la pintura ha desfallecido, cuando a todos los dioses y hombres les parece más hermosa una masa de oro que lo que Apeles y Fidias, los griegos delirantes, hicieron».
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« Pero veo que estás totalmente atrapado en aquel cuadro que muestra la toma de Troya. Así pues, intentaré desplegar la obra con versos:« Ya la décima cosecha sitiaba a los frigios afligidos entre miedos dudosos y la fe del vate Calcante pendía con negro miedo, cuando, profetizando el Delio, las cumbres cortadas del Ida son arrastradas y caen en una mole cortada las maderas, que figurarían al caballo amenazante. Se abre un antro ingente y cuevas cubiertas, que tomaran los campamentos. Aquí, tras diez años de batalla, se esconde la virtud irritada, los graves dánaos se apiñan en los recesos, yacen en su voto. Oh patria, creímos que mil naves se habían ido y que el suelo estaba libre de guerra: este título feroz grabado, este compuesto para los hurtos, Sinón lo confirmaba y la mente siempre potente para el daño. Ya la multitud libre en las puertas y carente de guerra se apresura a los votos. Las mejillas manan con llantos y el gozo de la mente temerosa tiene lágrimas, que el miedo ahuyentó. Pues Laocoonte, sacerdote de Neptuno, con el cabello suelto, llena a todo el vulgo con clamor. Pronto, con la cúspide retraída, marcó el vientre, pero los hados retardan las manos, y el golpe rebota y da fe a los engaños. Sin embargo, de nuevo confirma la mano inválida y tantea los costados con la alta bipennis. La juventud cautiva gime dentro y, mientras murmura, la mole de roble respira con miedo ajeno. Iba la juventud capturada, mientras capturaba Troya, y toda la guerra la guiaba con fraude nuevo. He aquí otros monstruos: donde la alta Ténedos llenó el mar con su dorso, surgen fretes túmidos y la onda resulta cortada menor en el tranquilo, tal como en la noche silenciosa el sonido de los remos se refiere a lo lejos, cuando las clases presionan el mar y el mármol golpeado gime por el abeto impuesto. Miramos: las serpientes con orbes gemelos llevan las olas hacia las rocas, cuyos pechos túmidos... como naves altas hacen espumas en los costados. La cola da sonido, las crines libres consienten al ponto con los ojos, un fulmíneo brillo incendia el mar y las ondas gimen con silbidos. Las mentes se quedaron estupefactas. Con ínfulas estaban los hijos, pignoras gemelas de Laocoonte, sagrados y con culto frigio. A los que de repente las serpientes coruscantes atan por los lomos. Ellos llevan sus pequeñas manos a las bocas, ninguno de auxilio para sí, cada uno para su hermano: la piedad trasladó los turnos y la muerte misma pierde a los miserables con miedo mutuo. He aquí que el padre acumula el funeral de sus hijos, auxiliar infirme. Invaden al hombre ya alimentado con la muerte y arrastran los miembros a la tierra. Yace el sacerdote entre los altares como víctima y golpea la tierra. Así, profanados los sagrados, la Troya que iba a perecer perdió primero a los dioses. Ya la llena Febe había alzado su cándido brillo llevando a los astros menores con faz radiante, cuando entre los priámidas sepultados por la noche y el vino los dánaos relajan los cerrojos y derraman a los hombres. Se tientan en armas los jefes, como cuando el cuadrúpedo tesalio suele sacudir el cuello y las altas crines para la excursión, liberado del nudo del yugo. Retractan las espadas, conmueven los orbes con la mano y toman la guerra. Aquí uno mata a los graves por el vino y continúa los sueños hasta la muerte última, otro enciende antorchas desde los altares e invoca contra los troyanos los sagrados de Troya»».
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De los que paseaban por los pórticos, lanzaron piedras a Eumolpo mientras recitaba. Pero él, que conocía el aplauso de su ingenio, se cubrió la cabeza y huyó fuera del templo. Yo temí que me llamara poeta. Así pues, habiendo seguido al que huía, llegué a la orilla, y tan pronto como fue lícito detenerse fuera del alcance de los proyectiles, dije:« Te ruego,¿ qué quieres tú con esa enfermedad? No llevas conmigo ni dos horas, y has hablado más a menudo poéticamente que humanamente. Así pues, no me maravillo si el pueblo te persigue con piedras. Yo también cargaré mi seno con piedras, para que cuantas veces comiences a salir de ti mismo, te saque sangre de la cabeza». Él movió el rostro y dijo:« Oh, mi joven, no hoy he comenzado el auspicio. Es más, cuantas veces entré en el teatro para recitar algo, esta frecuencia adventicia suele recibirme. Por lo demás, para que no tenga que pelear también contigo, me abstendré de este alimento durante todo el día».« Es más», dije,« si renuncias a la bilis de hoy, cenaremos juntos».« Encomiendo al custodio de las pequeñas casas el oficio de la cenita».
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Veo a Gitón con lienzos y estrigilos pegado a la pared, triste y confundido. Sabrías que no servía de buena gana. Así pues, para que tomara una prueba de mis ojos, él volvió su rostro liberado de gozo y dijo:« Ten piedad, hermano. Donde no hay armas, hablo libremente. Arráncame del ladrón sangriento y castiga con cualquier crueldad el arrepentimiento de tu juez. Será un consuelo suficientemente grande para el miserable haber caído por tu voluntad». Ordeno suprimir la queja, para que nadie descubriera los planes, y, dejado Eumolpo— pues recitaba un poema en el baño—, saco a Gitón por una salida oscura y sucia y vuelo rápidamente a mi hospicio. Cerradas luego las puertas, invado el pecho con abrazos y froto con mi rostro el rostro bañado en lágrimas. Durante mucho tiempo ninguno encontró la voz; pues el muchacho había sacudido su pecho amable incluso con sollozos frecuentes.« Oh crimen», dije,« indigno, porque te amo aunque abandonado, y en este pecho, aunque la herida haya sido ingente, no hay cicatriz.¿ Qué dices, concesión de un amor extranjero?¿ Fui digno de esta injuria?». Después de que sintió que era amado, levantó la ceja más alto.« Y no llevé el arbitrio del amor a otro juez. Pero ya no me quejo de nada, ya no recuerdo nada, si enmiendas el arrepentimiento de buena fe». Cuando hube vertido esto entre gemidos y lágrimas, él se secó el rostro con el manto y dijo:« Te ruego, Encolpio, apelo a la lealtad de tu memoria:¿ yo te abandoné, o tú me traicionaste? En verdad confieso y llevo ante mí: cuando vi a dos armados, me refugié en el más fuerte». Besado el pecho lleno de sabiduría, eché las manos a su cuello, y para que entendiera fácilmente que había vuelto a la gracia y que la amistad revivía de buena fe, lo apreté con todo mi pecho.
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Todavía era noche plena y la mujer había cuidado de los mandados de la cena, cuando Eumolpo golpea la puerta. Pregunto yo:«¿ Cuántos sois?», y de paso comencé a observar diligentísimamente por la rendija hacia fuera, si Ascilto había venido con él. Luego, cuando vi al huésped solo, lo recibí al momento. Él, cuando se arrojó sobre el jergón y vio a Gitón sirviendo a la vista, movió la cabeza y dijo:« Alabo al Ganimedes. Es necesario que hoy se esté bien». No me deleitó un principio tan curioso y temí que hubiera recibido en el contubernio a un igual de Ascilto. Insiste Eumolpo, y cuando el muchacho le hubo dado la poción, dijo:« Te prefiero a ti antes que a todo el baño», y, secada ávidamente la copa, niega que le haya sido nunca más ácido.« Pues incluso mientras me lavaba», dice,« casi fui golpeado, porque intenté recitar un poema a los que estaban sentados alrededor del solio, y después de que fui echado del baño como de un teatro, comencé a recorrer todos los rincones y a gritar a voz en cuello Encolpión. Por otra parte, un joven desnudo, que había perdido sus vestimentas, pedía a Gitón con no menor indignación de clamor. Y a mí, en verdad, los muchachos me burlaron como a un loco con una imitación petulantísima, a él, en cambio, una frecuencia ingente lo rodeó con aplauso y admiración timidísima. Pues tenía un peso de ingles tan grande, que creerías que el propio hombre era una tira de fascinum. Oh joven laborioso: creo que él comienza el día anterior y termina al día siguiente. Así pues, inmediatamente encontró ayuda; pues no sé quién, un caballero romano, como decían infame, lo rodeó con su vestimenta mientras erraba y lo llevó a casa, creo, para que usara solo de una fortuna tan grande. Pero yo no habría recibido ni siquiera mis vestimentas del solícito custodio si no hubiera dado un notario. Tanto más conviene frotar las ingles que los ingenios». Mientras Eumolpo decía esto, yo cambiaba frecuentísimamente de rostro, alegre por las injurias de mi enemigo, triste por sus comodidades. Como quiera, sin embargo, como si no reconociera la fábula, callé y expliqué el orden de la cena.
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« Es vil lo que es lícito, y el ánimo atento al error ama las injurias. El ave buscada en la Cólquida fasíaca y las aves africanas agradan al paladar, porque no son fáciles: pero el ganso blanco y el pato renovado con plumas pintadas saben a plebeyo. El escaro traído de las últimas orillas y la Sirte arada, si dio algo por naufragio, se aprueba: el salmonete ya es grave. La amiga vence a la esposa. La rosa teme a la canela. Todo lo que se busca, parece óptimo».«¿ Esto es», dije,« lo que habías prometido, que no hicieras ningún verso hoy? Por la fe, al menos perdónanos a nosotros, que nunca te hemos apedreado. Pues si alguno de los que beben en el mismo sinecio olfatea el nombre de poeta, excitará a toda la vecindad y nos abrumará a todos bajo la misma causa. Ten piedad y piensa o en la pinacoteca o en el baño». Mientras yo hablaba así, me reprendió Gitón, el muchacho más suave, y negó que hiciera bien en injuriar al mayor y al mismo tiempo, olvidado del oficio, quitar con contumelia la mesa que yo había puesto con humanidad, y muchas otras palabras de moderación y vergüenza, que decoraban egregiamente su forma.
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« Feliz», dijo,« tu madre, que te parió tal: sé grande en virtud. Hizo una mezcla rara con la sabiduría la forma. Así pues, para que no pienses que has perdido tantas palabras, has encontrado un amante. Yo llenaré tus alabanzas con poemas. Yo, pedagogo y custodio, te seguiré incluso a donde no hayas ordenado. Y Encolpio no recibe injuria, ama a otro». Aprovechó también a Eumolpo aquel soldado que me quitó la espada; de lo contrario, el ánimo que había asumido contra Ascilto, lo habría ejercido contra la sangre de Eumolpo. Y esto no se le escapó a Gitón. Así pues, salió fuera de la celda, como si pidiera agua, y extinguió mi ira con una ausencia prudente. Un poco, pues, entibiándose la saña, dije:« Eumolpo, ya prefiero que hables incluso con poemas, antes que te propongas tales votos. Y yo soy iracundo, y tú libidinoso: mira qué poco conviene a estas costumbres. Piensa, pues, que estoy furioso, cede a la insania, es decir, sal fuera rápidamente». Confundido por esta denuncia, Eumolpo no buscó la causa de la iracundia, sino que, habiendo salido continuamente del umbral, trajo de repente la puerta de la celda y me encerró a mí, que no esperaba tal cosa, y sacó rápidamente la llave y corrió a investigar a Gitón. Encerrado, decidí terminar la vida con un ahorcamiento. Y ya había atado el cuello con un nudo a la cama que estaba junto a la pared, cuando, abiertas las puertas, entra Eumolpo con Gitón y me revoca de la meta ya fatal a la luz. Gitón, especialmente enfurecido por el dolor hasta la rabia, levanta un clamor, me precipita sobre el lecho empujado con ambas manos,« Te equivocas», dice,« Encolpio, si piensas que puede suceder que mueras antes. Yo comencé primero; busqué la espada en el hospicio de Ascilto. Yo, si no te hubiera encontrado, iba a perecer por los precipicios. Y para que sepas que la muerte no está lejos para los que buscan, mira a tu vez lo que quisiste que yo mirara». Dicho esto, arrebata la navaja del mercenario de Eumolpo y, golpeada una y otra vez la cerviz, cae ante nuestros pies. Exclamo yo atónito, y seguido al que caía, busco el camino a la muerte con el mismo instrumento. Pero ni Gitón había sido herido por ninguna sospecha de herida, ni yo sentía dolor alguno. Pues una navaja ruda y embotada para esto, para dar a los muchachos que aprendían la audacia del barbero, había instruido la caja. Y por eso ni el mercenario se había asustado por el instrumento arrebatado, ni Eumolpo había interrumpido la muerte mímica.
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Mientras esta fábula es jugada entre los amantes, el posadero interviene con parte de la cenita, y contemplada la asadísima volución de los que yacían, dijo:«¿ Os ruego, estáis ebrios, o sois fugitivos, o ambas cosas?¿ Quién, además, levantó ese jergón, o qué significa una maniobra tan furtiva? Vosotros, por Hércules, para no dar la merced de la celda, quisisteis huir de noche a lo público. Pero no quedará impune. Pues ya haré que sepáis que esta ínsula no es de una viuda, sino de M. Mannicio». Exclama Eumolpo:«¿ Incluso amenazas?», y al mismo tiempo golpea la cara del hombre con la palma muy extendida. Él, libre por las pociones de tantos huéspedes, lanzó un orinal de barro contra la cabeza de Eumolpo y soltó la frente del que gritaba y se precipitó fuera de la celda. Eumolpo, impaciente por la contumelia, arrebata un candelabro de madera y sigue al que se va y vindica su ceja con golpes frecuentísimos. Se hace un concurso de la familia y de los huéspedes por la frecuencia de los ebrios. Yo, en cambio, obtenida la ocasión de venganza, excluyo a Eumolpo, y devuelta la vice al pendenciero, uso sin rival, por supuesto, tanto de la celda como de la noche. Mientras tanto, los cocineros y los insulares golpean al excluido y uno le intenta en los ojos un asador lleno de entrañas sibilantes, otro, arrebatada una horca del carnicero, compone el estado del que pelea. La anciana, especialmente legañosa, ceñida con un lienzo sucísimo, impuesta sobre sandalias de madera impares, trae con cadena a un perro de ingente magnitud y lo instiga contra Eumolpo. Pero él se vindicaba de todo peligro con el candelabro.
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Veíamos nosotros todo por el agujero de la válvula, que poco antes el asa de la puertecilla rota había relajado, y yo favorecía al que era golpeado. Gitón, en cambio, no olvidado de su misericordia, opinaba que debía abrirse la puerta y socorrer al que estaba en peligro. Yo, durando aún la iracundia, no contuve la mano, sino que golpeé la cabeza del que se compadecía con un artículo estricto y agudo. Y él, en verdad, llorando se sentó en el lecho. Yo, en cambio, oponía los ojos alternos al agujero y me llenaba de la injuria de Eumolpo como de algún alimento y encomendaba la abogacía, cuando el procurador de la ínsula, Bargates, despertado de la cena, es llevado a la mitad de la riña por dos lecticarios; pues estaba también enfermo de los pies, este, como en voz rabiosa y bárbara peroró durante mucho tiempo contra los ebrios y fugitivos, mirando a Eumolpo, dijo:« Oh, el más disertísimo de los poetas,¿ eras tú?¿ Y no se van rápidamente los siervos nequísimos y mantienen las manos de la riña?».« Mi contubernal me hace un favor. Así, si me amas, maldice a esa con versos, para que tenga vergüenza».
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Mientras Eumolpo hablaba en secreto con Bargates, entró en el establo un pregonero con un funcionario público y otra concurrencia ciertamente modesta, y agitando una antorcha más humeante que luminosa, proclamó lo siguiente:“ Un muchacho se ha extraviado hace poco en los baños, de unos dieciséis años, de pelo rizado, delicado, hermoso, de nombre Gitón. Si alguien quisiera devolverlo o indicar su paradero, recibirá mil monedas”. No lejos del pregonero estaba Ascilto, vestido con una prenda de colores distintos, y en una bandeja de plata ofrecía una recompensa y garantía. Ordené a Gitón que se metiera rápidamente bajo el jergón y atara sus pies y manos con las correas con las que el armazón sostenía el colchón, y así, tal como antaño Ulises se había adherido al carnero del Cíclope, extendido bajo el jergón, eludiera las manos de los que registraban. Gitón no demoró la orden y en un momento insertó sus manos en la atadura y venció a Ulises con una astucia muy similar. Yo, para no dejar lugar a sospechas, llené el lecho con ropas y di forma a la huella de un hombre según la medida de mi cuerpo. Mientras tanto, Ascilto, tras recorrer todas las celdas con el viajero, llegó a la mía, y concibió una esperanza tanto más plena cuanto más cuidadosamente encontró las puertas atrancadas. El funcionario público, sin embargo, insertando palancas en las juntas, aflojó la firmeza de los cerrojos. Me postré a los pies de Ascilto y, por el recuerdo de nuestra amistad y por la sociedad de nuestras miserias, le rogué que al menos me mostrara a mi hermano. Es más, para que creyeran en mis fingidas súplicas, dije:“ Sé, Ascilto, que has venido a matarme.¿ Pues para qué has traído palancas? Así pues, sacia tu ira: aquí te ofrezco mi cuello, derrama la sangre que buscaste bajo el pretexto de una investigación”. Ascilto disipó la sospecha y dijo que él en realidad no buscaba otra cosa que a su fugitivo, y que no había deseado la muerte de ningún hombre, ni de un suplicante, y menos aún de aquel a quien, tras la fatal riña, había tenido por queridísimo.
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Pero el funcionario público no actúa con tanta languidez, sino que, tras arrebatarle una caña al posadero, la mete bajo el lecho y registra incluso todos los agujeros de las paredes. Gitón retiraba el cuerpo del golpe y, conteniendo el aliento con el mayor temor, tocaba con la boca los mismos insectos. Eumolpo, sin embargo, como la puerta rota de la celda no podía excluir a nadie, irrumpió perturbado y dijo:“ He encontrado mil monedas; pues ya perseguiré al pregonero que se marcha y te mostraré que Gitón está en tu poder mediante una traición muy merecida”. Abrazo las rodillas del que insiste, para que no quiera matar a los que ya están muriendo, y digo:“ Con razón te enfurecerías si pudieras mostrar al perdido. Ahora el muchacho ha huido entre la multitud, y no puedo sospechar a dónde se habrá ido. Por tu lealtad, Eumolpo, trae de vuelta al muchacho y devuélveselo aunque sea a Ascilto”. Mientras yo persuado a este, que ya empezaba a creer, Gitón, lleno de una acumulación de aire, estornudó tres veces seguidas de tal modo que hizo temblar el jergón. Ante este movimiento, Eumolpo se volvió y deseó salud a Gitón. Retirado también el colchón, ve a Ulises, a quien incluso un Cíclope hambriento habría podido perdonar. Poco después, volviéndose hacia mí, dijo:“¿ Qué es esto, ladrón? Ni siquiera sorprendido te atreviste a decirme la verdad. Es más, si un dios, árbitro de las cosas humanas, no hubiera hecho salir al muchacho que estaba colgado, yo andaría engañado por las tabernas”. Gitón, mucho más amable que yo, primero cerró con aceite impregnado en telarañas la herida que se había hecho en la ceja. Poco después cambió su ropa desgarrada por su propia capa, y tras abrazarme, ya mitigado, me atacó con besos como si fueran bálsamos y dijo:“ En tu custodia, padre queridísimo, estamos. Si amas a tu Gitón, empieza a querer salvarlo. Ojalá el fuego enemigo me consumiera solo a mí o me invadiera el mar invernal. Pues yo soy la materia de todos los crímenes, yo soy la causa. Si yo pereciera, convendría a los enemigos”.
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“ Yo siempre y en todas partes viví de tal modo que consumía cada luz última como si no fuera a volver”, dije yo entre abundantes lágrimas, y ruego y suplico que también vuelva a la gracia conmigo: pues no está en el poder de los amantes una furiosa emulación. Que, sin embargo, me esforzaré por no decir ni hacer nada más por lo que pueda ofenderse. Solo que borrara toda aspereza de su ánimo como un maestro de las buenas artes, sin dejar cicatriz.“ En las regiones incultas y ásperas la nieve permanece más tiempo, pero cuando la tierra, domada por el arado, brilla, mientras hablas, la escarcha ligera se deshace. Del mismo modo, la ira se asienta en los pechos: ciertamente asedia a las mentes feroces, pero se desliza sobre las eruditas”.“ Para que sepas”, dijo Eumolpo,“ que es verdad lo que dices, mira, incluso con un beso pongo fin a la ira. Así pues, para que todo salga bien, preparad los equipajes y o bien seguidme o, si preferís, guiadme”. Todavía estaba hablando cuando la puerta crujió al ser empujada, y se detuvo en el umbral un marinero de barbas erizadas y dijo:“¿ A qué esperas, Eumolpo, como si ignoraras la vergüenza?”. Sin demora, todos nos levantamos, y Eumolpo ordena a su mercenario, que ya dormía desde hacía tiempo, que salga con los equipajes. Yo, con Gitón, preparo lo que había para el viaje y, tras adorar a los astros, entro en la nave.
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“ Es molesto que el muchacho agrade al huésped.¿ Pero qué más da?¿ No es común lo que la naturaleza hizo óptimo? El sol brilla para todos. La luna, acompañada por innumerables estrellas, guía incluso a las fieras hacia el pasto.¿ Qué puede decirse que sea más hermoso que las aguas? Sin embargo, fluyen en público.¿ Será, pues, el amor el único que sea un robo más que un premio? Es más, no quiero tener bienes si no son aquellos que la gente envidie. Uno, y anciano, no será gravoso; incluso cuando quiera tomar algo, lo delatará con el jadeo”. Cuando puse esto por debajo de la confianza y engañé a mi ánimo disidente, comencé a fingir el sueño con la túnica sobre la cabeza. Pero de repente, como si la fortuna destruyera mi constancia, una voz de este tipo se lamentó sobre la cubierta de la popa:“¿ Así que se burló de mí?”. Y esta voz, varonil y casi familiar para mis oídos, golpeó mi ánimo palpitante. Por lo demás, la mujer, con la misma indignación, se enfureció aún más y dijo:“ Si algún dios pusiera a Gitón en mis manos, qué bien recibiría al exiliado”. Cada uno de nosotros, golpeado por un sonido tan inesperado, perdió la sangre. Yo, especialmente, como si hubiera sido arrastrado por un sueño turbulento, reuní la voz durante mucho tiempo y con manos temblorosas tiré de la túnica de Eumolpo, que ya caía en el sopor, y dije:“ Por tu lealtad, padre,¿ puedes decir de quién es esta nave o a quiénes lleva?”. Inquietado, él lo tomó a mal y dijo:“¿ Era esto lo que te había placido, que ocupáramos el lugar más secreto sobre la cubierta de la nave para que no nos dejaras descansar?¿ Qué más da al caso si te digo que Licas de Tarento es el dueño de esta nave, que lleva a Trifena, exiliada, a Tarento?”.