Phoenissae
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Original / primary: Spanish Gemini
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¡ Oh, tú que recorres el camino entre los astros del cielo,
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y vas montado en carros de oro,
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Helio, que haces girar tu llama con veloces corceles!
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¡ Qué aciago rayo enviaste aquel día
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sobre Tebas, cuando Cadmo llegó a esta tierra,
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tras abandonar la tierra fenicia junto al mar!
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Él, que desposó a Harmonía, hija de Cipris, en otro tiempo,
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engendró a Polidoro, y dicen que de este nació Lábdaco,
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y de este, Layo.
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Yo soy llamada hija de Meneceo,
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— y Creonte nació de la misma madre que yo—,
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y me llaman Yocasta; pues este nombre me puso
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mi padre. Layo me desposa; y como durante mucho tiempo
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estuve sin hijos en el lecho conyugal en casa,
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fue a consultar a Febo y a pedirle al mismo tiempo
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la comunión de hijos varones para su casa.
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Él respondió:«¡ Oh, soberano de la Tebas de buenos corceles,
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no siembres el surco de los hijos contra la voluntad de los dioses!
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Pues si engendras un hijo, el que nazca te matará,
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y toda tu casa se hundirá en la sangre».
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Él, entregado al placer y caído en la embriaguez báquica,
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nos engendró un hijo; y tras engendrarlo, al conocer
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el error y el vaticinio del dios, entregó al infante
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a los pastores para que lo expusieran en la pradera de Hera
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y en el risco del Citerón,
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tras atravesar el centro de sus tobillos con aguijones de hierro;
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de donde Grecia lo llamó Edipo.
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Los pastores de caballos de Pólibo, al recogerlo,
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lo llevaron a su casa y lo pusieron en manos de su señora.
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Ella, al fruto de mis dolores,
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se lo aplicó a sus pechos y convenció a su esposo de que lo había parido.
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Y cuando ya se hacía hombre con las mejillas vellosas,
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mi hijo, ya fuera por sospecha o por haberlo aprendido de alguien,
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se dirigió a la casa de Febo, deseando conocer a sus progenitores,
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y Layo, mi esposo, buscaba saber si el hijo expuesto
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ya no existía.
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Y ambos se encontraron en el mismo lugar,
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en el camino dividido de Fócide.
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Y el auriga de Layo le ordena:
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«¡ Oh, extranjero, apártate del camino para los tiranos!».
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Él avanzaba en silencio, con gran altivez. Y los potros
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le ensangrentaron los tendones de los pies con sus cascos.
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De donde—¿ por qué he de contar lo que está fuera de mis males?—
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el hijo mata al padre y, tras tomar los carros,
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se los entrega a Pólibo, su criador. Y cuando la Esfinge
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acosaba a la ciudad con sus raptos y mi esposo no estaba,
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mi hermano Creonte proclamó mi lecho,
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que a quien descifrara el enigma de la sabia doncella,
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a ese le uniría mi lecho. Y sucede que, de algún modo,
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mi hijo Edipo descifró las musas de la Esfinge;
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de donde se establece como tirano de esta tierra
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y recibe el cetro como premio de esta tierra.
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Y desposa a la que lo parió, sin saberlo, el infeliz,
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y la que lo parió, al yacer con su hijo.
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Y doy a luz hijos de mi hijo, dos varones,
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Eteocles y la ilustre fuerza de Polinices,
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y dos hijas; a una, el padre la llamó Ismene,
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y a la anterior, yo la llamé Antígona.
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Y al conocer mi lecho de matrimonios maternos,
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Edipo, que soportó todos los sufrimientos,
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se inflige una terrible matanza en sus propios ojos,
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ensangrentando sus pupilas con broches de oro.
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Y cuando la barba de mis hijos se oscurece,
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ocultaron a su padre con cerrojos, para que una suerte olvidadiza
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se produjera, necesitada de muchos artificios;
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y vive en la casa. Pero, enfermo por su suerte,
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lanza contra sus hijos las más impías maldiciones,
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que con hierro afilado se repartan esta casa.
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Ellos, al caer en el miedo de que los dioses
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cumplieran sus votos si vivían juntos,
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acordaron que el menor, Polinices,
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se marchara voluntariamente de esta tierra,
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y que Eteocles permaneciera y tuviera el cetro de la tierra,
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alternándose cada año. Pero cuando se sentó
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en el yugo del poder, no se aparta de los tronos,
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y expulsa a Polinices, fugitivo de esta tierra.
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Él, al ir a Argos y obtener el parentesco de Adrasto,
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tras reunir muchos escudos, trae a los argivos;
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y al llegar a estas murallas de siete puertas,
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reclama el cetro paterno y partes de la tierra.
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Yo, para resolver la disputa, convencí a hijo e hijo
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de que vinieran bajo tregua antes de tocar la lanza.
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Y el mensajero enviado dice que él vendrá.
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Pero,¡ oh Zeus, que habitas las brillantes bóvedas del cielo,
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sálvanos y concede un acuerdo a mis hijos!
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Pues es necesario, si eres sabio por naturaleza, no permitir que un mortal
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sea siempre el mismo desdichado.
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¡ Oh Antígona, ilustre vástago para la casa de tu padre,
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puesto que tu madre te permitió abandonar los gineceos
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hacia el último piso de la casa
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para ver al ejército argivo por tus súplicas,
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detente, para que yo explore el camino,
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no sea que algún ciudadano aparezca en el camino,
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y me llegue a mí, como esclavo, una censura vil,
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y a ti, como soberana; y lo contaré todo tras haberlo conocido bien,
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lo que vi y escuché de los argivos,
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cuando fui a llevar las treguas a tu hermano
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de aquí hacia allá, y de vuelta de ellos hacia aquí.
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Pero ningún ciudadano se acerca a esta casa,
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sube con tu pie la antigua escalera de cedro;